La Desarticulación del Sujeto Moderno: de los
Dispositivos a las Redes y las Prótesis de Comunicación
The falling apart of the Subject: From the Devices to
the Nets and Prosthesis of Comunication
A
desarticulação do Sujeito Moderno: dos Dispositivos às Redes e as Próteses de
Comunicação
por Victor da Silva Echeto
(Universidade de Sevilha - vsilva@upa.cl)
“Un Dios,
reflexioné, sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud”
Jorge Luis Borges
En la discusión
contemporánea sobre el sujeto, las reflexiones plantean, en algunos casos, un
retorno a esa figura olvidada por la modernidad y por el estructuralismo y, en
otros casos, lo ubican en la dinámica de tramas que lo alejan de sí mismo en la medida en que se lo
piensa en ese entorno configurado por las redes. La primera reflexión remite a
Jesús Ibáñez o a Edgard Morin, mientras que en la segunda, el concepto de red
remite al foucaultiano de dispositivo, que se define por la variación de las
líneas y el entramado de acciones y de concepciones en que se desenvuelve,
“siempre desplazada por un margen de sí misma”, la subjetividad (Viscardi,
2004). A esos dispositivos Gilles Deleuze (1990), en un texto homenaje a Michel
Foucault, los concibió como “líneas de diferente naturaleza” y, “esas líneas
del dispositivo”, “no abarcan, ni rodean
sistemas, cada uno de los cuales sería homogéneo por su cuenta (el objeto, el
sujeto y el lenguaje), sino que siguen direcciones diferentes, forman procesos
siempre en desequilibrio” y tanto “se acercan unas a otras como se alejan unas
de otras”. En el dispositivo las líneas están quebradas y se someten a
variaciones de dirección (bifurcada, ahorquillada), las que a su vez derivan en
otras direcciones. “Los objetos visibles, las enunciaciones formulables, las
fuerzas en ejercicio, los sujetos en posición son como vectores o tensores”. Se
inscribe, por tanto, en la concepción del sujeto de Michel Foucault y de Gilles
Deleuze, que se concibe desde el devenir transformador y cambiante de la
metamorfosis (subjetivación), y remite a la gubernamentalidad como la
gobernación del cuerpo del sí mismo.
Los sujetos al no ser definitivos ni definitoriamente iguales a sí mismo, ni en
la existencia social, cultural e intelectual, por los procesos subjetivos
(subjetivaciones) son intervenidos en relación a un más allá de sí mismo que
configura un ámbito propio del gobierno de sí mismo. Esta ajenidad relacionada
con ese más allá “manifiesta su inscripción existencial en el mundo de la
intersubjetividad y, por consiguiente, en una alteridad de la conciencia con
relación a su propia condición (alter ego)”
(Viscardi, 2004: 188). El psicoanálisis, por ejemplo, descubre las zonas de
sombras de la conciencia, el otro que
se encuentra en el corazón mismo de la identidad.
“En tanto que todas las ciencias humanas sólo van hacia el inconsciente en la
medida en que le vuelven la espalda (…) el psicoanálisis señala directamente
hacia él, con un propósito deliberado – no hacia aquello que debe explicitarse
poco a poco en el aclaramiento progresivo de lo implícito”, sino hacia aquello
“que está allí y que se hurta, que existe con la misma solidez muda de una
cosa, de un texto cerrado sobre sí mismo o de una laguna blanca en un texto
visible y que se defiende de ello” (Foucault, 1986: 363).
MODERNIDAD:
PENSARSE A SÍ MISMO Y ALEJARSE DEL
SUJETO
Es
en la modernidad
donde “‘el conócete a ti mismo’”
oscurece al “‘cuídate a ti mismo’”
(Foucault,
1988: 51), por la profunda transformación en los principios
morales de la
sociedad occidental. Tal como lo plantea Michel Foucault (1988: 51):
“nos
resulta difícil fundar una moralidad rigurosa y principios
austeros en el
precepto de que debemos ocuparnos de nosotros mismos más que de
ninguna otra
cosa en el mundo”. La inclinación es considerar al
cuidarse como una
inmoralidad y una forma de escapar a toda posible regla. Por ello, la
herencia
occidental, más que en Grecia, se encuentra en la
tradición de la moralidad
cristiana que convierte a la renuncia de sí en un principio de
salvación.
“Conocerse a sí mismo era paradójicamente la manera
de renunciar a sí mismo”
(Foucault, 1988: 51). En cambio, en Grecia predominaba un preocúpate a ti mismo, como un estar ante o como un principio exterior.
Es así, que el conocimiento de sí, “se presentaba como la consecuencia de la
preocupación por sí” (Foucault, 1988: 55). El yo, por tanto, no estaba cerrado,
delimitado, ni unificado, sino que era un campo abierto de fuerzas múltiples
(Vernant, 1990: 39-40). El individuo se buscaba y se encontraba en los demás,
en esos “espejos reflectores de su imagen” que eran “para él cada alter ego, sus padres, sus hijos, sus
amigos” (Vernant, 1990: 39-40). El sujeto no se cerraba en un mundo interior en
el cual debía penetrar para reencontrarse o descubrirse. “Así como el ojo no se
ve a sí mismo, el individuo para aprehenderse miraba hacia otra parte, hacia fuera”
(Vernant, 1990: 39-40). Sin embargo, en
la modernidad el principio fundamental lo constituye el conocimiento de sí (Foucault, 1988: 55), transformándose
el sujeto en un ser racional, autónomo e interprete estable del mundo.
Ese gobierno de sí (gubernamentalidad) en la medida en que
más piensa por el sí mismo se aleja de él. Se vive esa disyunción en función de
un paradigma profundamente enraizado en la cultura occidental. Descartes no
inventó este paradigma pero sí lo formuló a su manera. Por un lado, estaba el
mundo de los objetos (las ciencias, las matemáticas) y, por otro, lo de los
sujetos (espíritu, sensibilidad). Por tanto, se vivía dentro de esa oposición.
El cogito
ergo sum (“pienso luego soy”) así
como no tenía ningún sentido para un griego (Vernant, 1990: 39-40), para la
modernidad es la base para renunciar al “conócete a ti mismo”. Una de las
razones, “es que en la filosofía teorética, de Descartes a Husserl, el
conocimiento del yo (sujeto pensante) adquiere una importancia creciente como primera
etapa en la teoría del conocimiento” (Foucault, 1988: 55).
El Yo es la primera persona, el principio
transparente de identidad que define al sujeto y lo diferencia de los demás, pienso luego existo traslada la razón a
esa primera persona que no es el tú
(alteridad), ni la impersonalidad de la tercera persona (él) que se objetiva en el mí
y desarticula la subjetividad en el sí.
Este último tiene la particularidad de incluir al yo y al mí, en un juego
complejo entre esos dos términos que son a la vez idénticos y diferentes: yo, mí,
sí mismo.
El principio de
identidad, por tanto, en la modernidad se impone. Paul Ricoeur, concibe esa
particularidad del lenguaje que permite referirse a la primera persona a partir
de la especificidad de los procedimientos de designación, diferentes a los de
predicación. La designación apunta a un individuo, a uno solo, y por tanto
excluye a todos los otros (Ricoeur, 1990: 74). Benveniste (1986: 27) ya se
había referido a esa particularidad que permite que cada locutor no pueda
ponerse como sujeto sino implicando al otro, a su pareja, que, dotada de la
misma lengua, comparte el mismo repertorio de formas, la misma sintaxis de
enunciación y la misma manera de organizar el contenido.
Es así que, de
acuerdo al planteamiento de Michel Foucault, en la modernidad se invirtieron
los principios de la antigüedad, pasándose del preocúpate a ti mismo al conócete
a ti mismo. “En la cultura grecorromana el conocimiento de sí se presentaba
como la consecuencia de la preocupación de sí. En el mundo moderno, el
conocimiento de sí constituye el principio fundamental” (Foucault, 1988: 55).
Por otro lado, la
herencia occidental de la tradición secular, concibe la ley externa como el
fundamento de la moralidad. Es decir, se buscan las relaciones aceptables de la
conducta moral social en las relaciones con los demás. En este sentido, Jürgen
Habermas (1999: 34), afirma que “en las sociedades occidentales profanas, las
intuiciones morales cotidianas presentan todavía el cuño de la sustancia
normativa de las tradiciones religiosas en cierta medida decapitadas y
declaradas por el derecho como asuntos privados”, en concreto los contenidos de
la moral judía, de la justicia del Antiguo Testamento y de la ética cristiana
del amor del Nuevo Testamento. Estos contenidos se enriquecen y amplían a
través de procesos de socialización, presentándose a menudo bajo otros nombres.
Desde el siglo XVI, la crítica a la moral establecida fue emprendida en nombre
del reconocimiento y el conocimiento del yo.
De ahí, que sea difícil considerar compatible el interés por uno mismo con la
moralidad. En definitiva, la moralidad del preocúpate a ti mismo rechaza la
presencia del sujeto.
EL VACIAMIENTO DEL SUJETO
Así, las tesis de Benveniste de
que las únicas referencias de persona son yo/
tú, se resiste a convalidarla Paul Ricoeur, quien marca como ejemplo el
artificio de la cita, de las palabras puestas entre comillas, a través de los
cuales se les puede atribuir a la tercera persona pensamientos en primera o
pensamientos y palabras dirigidos a la segunda persona (Ricoeur, 1990: 82). Más
compleja es la literatura contemporánea que abandona las comillas y obtiene un
“discurso indirecto libre”. Es ahí, donde el sujeto, ya no como primera persona
(fundamento originario), sino como función variable del discurso se moviliza
(subjetivación) y se transforma. La identidad y la alteridad como conceptos
estáticos y binarios se desarticulan en el sí mismo o, en términos latinos, en
el ipse. El ipse es el indicador de la respuesta a toda pregunta por el ¿quién?, la sustantivación de sí como
forma del pronombre reflexivo “se”.
Otra línea de pensamiento previa
que implicó opacar al sujeto fue el estructuralismo y, posteriormente, derivada
de ésta, la filosofía posestructuralista
de Jacques Derrida, Gilles Deleuze y Michel Foucault señalaron la imposibilidad
de encontrar el fundamento y el origen en el sujeto. Esa imposibilidad, por
ejemplo, se formulaba en la muerte del autor, tal como la plantearon Roland
Barthes y Michel Foucault. Este último,
consideraba que en una obra (se tratara de un texto literario, de un sistema
filosófico o de una obra científica) los paréntesis de las referencias
bibliográficas y psicológicas, ponían en cuestionamiento el carácter absoluto y
el papel fundador del sujeto. Esa suspensión no sería para restaurar al sujeto
originario, sino para captar los dispositivos de la subjetividad, es decir, los
puntos de inserción, los modos de funcionamiento y las dependencias del sujeto.
En definitiva, se trataría de quitarle al sujeto o a su sustituto su papel de
fundamento originario y analizarlo como una función variable y compleja del
discurso (Foucault, 1999: 349-350). Roland Barthes, por su parte, analizaba la
muerte de la identidad del autor, liberando la escritura al destruir toda voz y
todo origen (1987: 66). La escritura es “ese lugar neutro,
compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto”, es en ese blanco y negro
de la escritura en donde acaba por perderse toda identidad, “comenzando por la
propia identidad del cuerpo que escribe” (Barthes, 1987: 66). El autor es un
personaje moderno, producido por la sociedad occidental, “en la medida en que
ésta, al salir de la Edad
Media y gracias al empirismo inglés, el racionalismo francés
y la fe personal de la Reforma
descubre el prestigio del individuo, de la persona humana” (Barthes, 1987: 66).
El sujeto de la enunciación (autor) se vacía y sólo puede mantenerse en pie en
la propia enunciación que lo define. Pero esa enunciación no es más que un
proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con
las personas de sus interlocutores.
Michel Foucault, años después ya no se refiere a la muerte
del autor, sino literalmente al vaciamiento del sujeto. Esto es, a la
subjetivación como forma de despojar al sujeto de toda identidad para
desembarazarse de él.
Esta posición de Michel Foucault, se enmarca en un contexto epistemológico
donde la filosofía francesa de los años 60 releyendo a Friederich Nietzsche,
reorientó el punto de vista de la crítica e iniciaron un proceso que los llevó
a reconocer el fin del funcionamiento de la dialéctica. Ese reconocimiento se
vio reconfirmado por las nuevas experiencias prácticas y políticas que se
concentraron en la producción de la subjetividad.
Se trata de desconstruir
la subjetividad y criticar la idea, según la cual, el sujeto y su
representación son el punto de partida y el fundamento de todo ser. En Gilles
Deleuze, se aborda una nueva forma de pensar, en tanto que se trata de pensar
lo no-pensado y velado por la lógica de la identidad. Gilles Deleuze afirma que
lo que aparece tras la subjetividad no es la antigua noción de ser,
sino la diferencia; la diferencia
como tiempo. El tema de la diferencia es el núcleo del pensamiento de
Deleuze, el cual considera que la noción imperante de subjetividad y de
identidad es la que ha imposibilitado el pensamiento de la diferencia. La
elaboración de un pensamiento de este tipo no se subordina a la identidad, de
ahí que la repetición en Deleuze no
sea una vuelta a lo mismo sino a lo diferente. Leyendo a Nietzsche, afirma:
“porque ‘su’ eterno retorno no es en modo alguno el retorno de una mismidad, de
una semejanza o de una igualdad”. Así Nietzsche, para Gilles Deleuze, “vincula
el eterno retorno a lo que parecía oponérsele o limitarlo desde fuera: la
metamorfosis integral, lo desigual irreductible” (Deleuze, 1992: 388). El
paisaje del eterno retorno lo forman la profundidad, la distancia, los bajos
fondos, lo tortuoso, las cavernas, en fin, lo desigual. Para Gilles Deleuze, la
vinculación entre el eterno retorno y la voluntad de poder, está en el mundo
centelleante de la metamorfosis, de las intensidades comunicantes y “de las
diferencias de las diferencias” (Deleuze, 1988: 389). Es “porque nada es igual,
porque todo se baña en la diferencia, en su desemejanza, en su desigualdad,
incluso consigo mismo, por lo que todo retorna”. Similar es el pensamiento de
Jacques Derrida, desde el que formula que no hay origen ni esencia del ser,
sino diferencias como huellas, como diferencias de las diferencias. “La diferencia no tiene nombres... No tiene un origen... No consigue
establecer la alianza entre habla y ser en el nombre propio”. La diferencia
“permanece muda, no hay nombre posible para ella ni siquiera el de la esencia o
el del ser. Por ello la différance no
es un nombre” (Derrida, 1989).
Desde esta posición, Jacques Derrida
criticó a Foucault por preservar la idea de sujeto así sea bajo un manto tan
irreconocible como el de ese sujeto llamado locura. Mientras Michel Foucault
adelantaba la muerte del hombre como una variante de la muerte de Dios, Derrida
señalaba sobre Historia de la locura en
la época clásica, que el primero había querido que la locura fuese el tema,
“el ‘sujeto’ de su libro; el sujeto
en todos los sentidos de la palabra”: el tema y el sujeto hablante, “el autor
de su libro, la locura hablando de sí” (1989: 51).
De esa forma, para Foucault no
importaba quién estaba hablando: ¿Cómo el autor de su libro o su sujeto podía
ser la locura? - Es al procurar responder a esta pregunta que la noción de
dispositivo adquiere importancia en la filosofía de Michel Foucault. El
vaciamiento de la identidad del sujeto se produce al analizarlo como un devenir
cambiante y mutable (bajo la denominación foucaultiana de subjetivación). Para Ricardo
Viscardi (2004: 190), Michel Foucault al intentar ir más allá de la conciencia
y de la subjetividad, “para evitar la reedición del esencialismo psicológico
que combatió desde siempre”, y, aunque paradójicamente se encuentra “convocado
a partir de un sí mismo”, replantea la subjetivación en el devenir de la polis. “Por consiguiente, la subjetivación trasciende una
formulación sistemática de la razón y de la propia necesidad teórica, en tanto
que formalización proposicional con destino declarativo” (Viscardi, 2004:
190-191).
De ese modo, se vuelve a la idea de
dispositivo como líneas que cambian de naturaleza y, por tanto, no abarcan, ni
rodean sistemas homogéneos (como por ejemplo, el sujeto), sino que siguen
direcciones diferentes formando procesos en desequilibrio. Esa noción de
dispositivo, no obstante, hoy se ha vista desplazada por la de red y ya no podría realizarse un
paralelismo entre las dos nociones como lo pretende Gabilondo, porque, en el
terreno de las técnicas de la comunicación y la información, se incorpora la
virtualidad como nota distintiva. La virtualidad ya no puede concebirse como fondo irreal desde el que, en
su propia debilidad, se apoya la identidad, como pretendía
Claude Lévi-Strauss. Es decir, como entramado de líneas desde la que se
conforma la subjetividad, la técnica se incorpora en la subjetividad como
“prótesis”, como cuerpo protético desde el que lo artificial ya no se distingue
de lo natural, sino que se incorpora en su propia naturaleza. Es así que lo artefactual (Derrida y Stiegler, 1996)
da cuenta de esa realidad virtual ya
no como oxímoron, como lo pretendía la modernidad, sino como procesos de
interfaces que producen “un efecto de la acción” (performativa) “sobre la
propia condición artificial del medio” (Viscardi, 2004: 188).
El proyecto de cuestionamiento de la
realidad que intentaron formular la mayor parte de las vanguardias artísticas
(surrealismo y dadaísmo, fundamentalmente), se radicaliza en la red virtual. La
“pérdida de la realidad”, promovida tanto por Breton como por Aragon, es uno de
los lugares comunes de la revolución estética de las vanguardias artísticas
modernas (Subirats, 2001: 27). La rebelión de las vanguardias contra el
naturalismo y el mundo de las apariencias, promovida inicialmente por el cubismo
y el neoplasticismo, manifiesta un objetivo estético similar. La destrucción de
lo real, la liquidación del papel del autor y del espectador (es decir, del
sujeto) y del arte como experiencia ejemplar son otros tantos aspectos de la
subversión del orden de la representación (Subirats, 2001: 27). La
discontinuidad entre el artefacto y la distancia natural del mundo como
característica propia de la red digital también se encontraba presente en las
vanguardias artísticas, hasta el punto de que algunas de ellas, como el
futurismo, llevaron hasta el límite la incorporación del artefacto en la propia
subjetividad. En el primer manifiesto de Filippo Tommasso Marinetti de 1909, se
exalta al auto como una prótesis del conductor, es decir, estamos frente a la incorporación
de la técnica en el sujeto: “Queremos ensalzar al
hombre que lleva el volante, cuya lanza ideal atraviesa la tierra, lanzada
también ella a la carrera, sobre el circuito de su órbita”. El volante como
prótesis del sujeto en estado de éxtasis también se encuentra en las Mitologías de Roland Barthes y,
posteriormente, en Jean Baudrillard (1988) cuando se refiere al éxtasis obsceno
como característica del simulacro mediático. Para Barthes, el sujeto se convierte en
ordenador de la conducción y no en el ebrio seguidor del poder. Lógica del
coche: dominio, control y mando, “optimización del juego de posibilidades que
ofrece el coche como vector” y no como santuario psicológico. Ya no hay más
producción de sentido ni drama de la alineación, sino éxtasis de la
comunicación, interfaz constante e interrumpida, final obsceno de toda imagen y
de toda representación (Baudrillard, 1988: 18). En la etapa “teológica” de Walter
Benjamin
se expresa bajo el concepto de “iluminación profana”, que evoca tanto una experiencia
religiosa como una crítica a la iluminación de la ilustración. La “iluminación
profana” era una experiencia afín al éxtasis y a la alucinación, semejante a
las visiones suscitadas por las drogas y por los estados místicos (Subirats,
2001: 76).
En definitiva, el proyecto de las vanguardias se radicaliza en la red
virtual y ya no hay sujeto de la comunicación ni objeto de la información sino éxtasis y alucinación. Ya
no se busca otorgarle sentido a los objetos o a las cosas. Así como “toda ha
partido de los objetos”, ya no existe el sistema de los objetos. “Su crítica
siempre fue la de un signo cargado de sentido, con su lógica fantasmática e
inconsciente y su lógica diferencial y prestigiosa” (Baudrillard, 1988: 9).
Detrás de esas lógicas, el sueño antropológico del estatuto del objeto más allá
del cambio y el uso, del valor y la equivalencia, el sueño de la lógica
sacrificial, del intercambio - siguiendo ahora a Marcel Mauss - del don y el
gasto. Ya no hay escena ni espejo, sino pantalla y red. Perdida de sentido de
los objetos y de los sujetos, conversión de estos últimos y de sus cuerpos en
pantallas de control, “ya no nos proyectamos en nuestros objetos con los mismos
afectos, las mismas fantasías de posesión, de pérdida, de duelo, de celos”, la
dimensión psicológica, según Baudrillard, se ha esfumado, aunque se pueda
descubrirla en el detalle (1988: 10). “Al igual que el muerto virtual que sólo
prosigue su curso en la otra vertiente, en su existencia que se superpone a la
mía, así el nacimiento es esta línea divisoria en la que de un lado existo como
yo, pero del otro lado empiezo en ese mismo momento a existir como otro”
(Baudrillard, 86).
En resumen, la red digital radicaliza, por efecto de lo virtual, la
discontinuidad “intelectual entre el artefacto (obra de intelecto) y el mundo
(la distancia natural)” (Viscardi, 2004, 189). Esta radicalización, con
referencia a las vanguardias artísticas, por ejemplo, se produce al no existir
distancia que separe a la técnica de los sujetos, sino que éstos en su devenir
(subjetivación) la incorporan como interfaz digital. Así, el dispositivo técnico al autonomizarse y
adquirir validez como máquina y cuerpo pro-tético, permite telecopar la vista, es decir, “con la ayuda de un nuevo aparato
óptico se puede por fin ver la vista, no sólo el paisaje natural, la ciudad, el
puente y el abismo” (Derrida, 1997: 138).
(Revisão: Fabiana Griecco)
Víctor Manuel Silva
Echeto es Doctor en
Comunicación por la
Universidad de Sevilla, Master en Industrias Audiovisuales
por la
Universidad Internacional de Andalucía y Licenciado en
Comunicación por la
Universidad de la República de Uruguay y en Periodismo por la Universidad de
Sevilla. Es autor de Comunicación e Información (Inter) Cultural, editado por
el Instituto Europeo de Comunicación y Desarrollo y coautor (junto con Rodrigo
Browne Sartori) de Escrituras híbridas y rizomáticas: pasajes intersticiales,
pensamiento del entre, cultura y comunicación, editado por Arcibel. Fue
Profesor de Sociología de la
Comunicación y Arte y Comunicación en la Universidad de la República de Uruguay.
Actualmente es Profesor del Curso de Experto en Género e Igualdad de
Oportunidades y en el Doctorado Escritoras y Comunicación, ambos de la Universidad de
Sevilla. Es editor de la revista científica Redes, publicada por el Instituto
Europeo de Comunicación y Desarrollo e investiga en los Grupos de investigación
Escritoras y Escrituras y Teoría y Tecnología de la Comunicación de la Junta de Andalucía y la Universidad de
Sevilla. Reside en la ciudad de Sevilla (España).
En uno de sus
últimos cursos en el Collegè de France, Roland Barthes recupera el concepto de
lo neutro, como la posibilidad de desbaratar lo binario del paradigma.
“Es preciso
desembarazarse del sujeto constituyente, desembarazarse del sujeto mismo, es
decir, llegar a un análisis que pueda dar cuenta de la constitución del sujeto
en la trama histórica. Y es eso lo que yo llamaría genealogía, es decir, una
forma de historia que da cuenta de la constitución de los saberes, de los
discursos, de los dominios de objetos, etc.; sin tener que referirse a un
sujeto que sea trascendente en relación al campo de los acontecimientos o que
corre en su identidad vacía, a través de la historia” (1999: 181).
“La última teoría de la
historia de Benjamin se considera alternativamente como un intento chapucero o
acertado de materialismo histórico o de mesianismo teológico, y algunas veces
como una síntesis productiva o debilitante de los dos. Esta serie de
oposiciones banales se ha convertido de hecho en la tradicional interpretación
benjaminiana” (Cochran: 1996, 24). Preferimos, en ese sentido, el planteamiento
de Mosès (1997: 103) que en lugar de mesianismo se refiere a una etapa teológica
en Walter Benjamin. Señala que la primera etapa de la historia humana, “marcada
por la pérdida del lenguaje adámico y la caída en los diferentes idiomas
comunicativos, se desarrolla en su totalidad desde la perspectiva de la
teología. El lenguaje, que forma el tema de esta historia se concibe como un
médium casi abstracto que no especifica ningún contenido”.
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