La Política Europea de la Memoria.
Una Evaluación Paraconsistente.
por
Antonio
García Gutiérrez
(Universidade de Sevilha - algarcia@us.es)
I. Una memoria europea?
Decía John Donne, el gran poeta de la
paradoja, que no es posible conjugar el verbo amar en tiempo pasado;(1)
hasta tal punto son sensibles e inestables los procesos de
construcción de la identidad respecto a las artes del
encantamiento. El mismo principio podría operar en los
territorios difuminados de lo onírico o jerarquizados por el
imaginario colectivo. Y no tengo otro remedio que acudir a la materia
prima de su trabajo, la contradicción y los afectos, al
pensar en una memoria europea si ésta, por una vez o a
través de algún conducto ignoto, hubiera
conseguido encarnarse en comunidad de sentido, como proyecto inmanente
de existencia.
Pero pensar, imaginar, memorizar o creer en una
Europa
como comunidad total es y será, durante muchas generaciones,
una agotadora profesión de fe, pues el significado real de
lo comunitario(2) no es improvisable. Nunca los
apegos fueron asunto de
laboratorio. Y, de momento, sólo podríamos hablar
con propiedad de una memoria europea si nos referimos estrictamente a
los archivos y registros de una implacable burocracia surgida hace
medio siglo de la matriz hermafrodita del Tratado de Roma. Sin embargo,
probablemente esa memoria oficial nunca alcanzará la fuerza
erotizante de la más desafectada criatura
mitológica para tatuarse en las subjetividades.
Respecto a
otro tipo de configuraciones de recuerdos y olvidos comunes,
más cercano a lo que entendemos por memoria colectiva,
tendríamos que atenernos a la mera yuxtaposición,
ejercicio aplicable sobre cualquier puñado de
países o comunidades con los que se quiera establecer
alianzas de pasado compartido: Flandes, Suramérica,
Filipinas, el Rif, incluso, una memoria hispano-noramericana referida a
cuando la Florida, Baja California o Cuba fueron colonias
españolas. Pero en su empeño por crearse una
memoria genuina y común, la burocracia europea
buscó reflejo en el speculum norteamericano, adoptando un
modelo excesivamente inhóspito para su diversidad ancestral
y provocando la transformación de su relieve cultural en una
gran planicie al servicio de la
“farwesternización”.
La
atracción masiva del sueño occidental, en el
siglo de la revolución industrial, acabó con la
última posibilidad de florecimiento espontáneo de
una multiplicidad de comunidades europeas, como venía
ocurriendo en suelos continentales, desde el Neolítico,
marcadas por un tempo propiamente europeo de residencias y
tránsitos. O, tal vez, la semilla de la memoria
filogénicamente europea se trasladara y brotara en
Norteamérica, incubada por la confraternización
migratoria, para quedarse y evolucionar definitivamente allí.(3)
Siglos de hecatombes y excesos de toda índole dieron
lugar, a pesar de la disposición de las racionalidades
imperiales a escarmentar cualquier aglomeración libre de
memoria sospechosa de traición, a uno de los más
complejos paisajes culturales del planeta cuyos planes de
conservación pueden significar su más radical
exterminio.
Por tanto, nunca fuimos europeos en el sentido
contemporáneo –pues las frágiles
memorias comunitarias aludidas fueron excomulgadas por la
Ilustración- o Europa no es mas que un solar en alquiler y,
su memoria común actual, la propia de gestores
inmobiliarios. En ese espacio debo honradamente encuadrar todo juicio
afectuoso que emita sobre lo europeo, incluidas las consideraciones
técnicas que hube de realizar al participar como evaluador
en los proyectos presentados a tenor de las prioridades establecidas
por la política científica europea de la memoria.(4)
Las directivas europeas sobre patrimonio cultural
–encuadradas en el proyecto culturicida IST, Information
Society Technologies- se empeñan en salvaguardar el
patrimonio histórico y los recursos a la memoria mediante
subrogaciones digitales adscritas radicalmente al paradigma tecnicista
y a sus tópicos asociados y desarraigadas de una
inteligencia emocional necesaria para que la fuerza de la gravedad, la
erótica de la tierra en suma, nunca deje de influir en el
peso y la carne de la memoria.
Sin embargo, el atractor occidental no
sólo se instaló en la Comisión Europa
generando, por ejemplo, la alergia africana hacia el continente hermano
al sur, milenariamente responsable de gran parte de nuestras riquezas
patrimoniales ahora en franca deriva como cultura-nenúfar
hacia un noroeste incierto, sino que también
inoculó las políticas tecnocientíficas
de la memoria en gobiernos estatales, regionales, municipales cuyas
prioridades en materia de investigación y desarrollo suelen
subordinarse a las directrices de Bruselas.
En este texto,
relataré mi tránsito por algunos mecanismos de la
nueva vigilancia cultural europea, esto es, allí donde se
analiza, discute y decide qué sectores culturales y con
qué subvenciones públicas se
oxigenarán los proyectos presentados a la
Comisión europea con objeto de hacer rentables los
“productos de la memoria” imaginados por los
más osados consorcios neoliberales. Y, con ese fin,
partiré de la manifiesta problemática que subyace
en la expresión “memoria europea”. Si no
existe cómo es posible planificarla?
II. El evaluador paraconsistente
Una vez elevada, con esfuerzo, la idea imaginaria
de memoria, cultura o patrimonio histórico europeos a la
categoría de “observable” o constructo
parametrizable y describible, han de superarse, con la suprema voluntad
del cogito cartesiano, algunas limitaciones del sujeto
empírico en favor de la irreal pureza ontológica
y epistémica. En efecto, evaluar proyectos particulares que
solicitan millonarias sumas de las arcas públicas de la
Unión europea para poder comercializarlos entre el mismo
auditorio que lo subvenciona con sus impuestos no deja de ser una
insensatez.
Y, sin embargo, el marketing
político-científico europeo lo llena de sentido.
Así, proyectos gestados desde la paradoja y hacia la
contradicción (autovendernos los propios saberes y recuerdos
en colecciones subrogadas digitalmente) por equipos multidisciplinares,
multiinstitucionales y multinacionales, que han de disponer de
suficiente solvencia como para responder a la mitad de la cantidad
solicitada,(5)
son financiados por la Comisión europea
generando numerosas situaciones de contradicción y
riesgo.
En este texto no se cuestiona la pulcritud y
transparencia de los
procedimientos evaluadores sino la lógica de fondo de la
política tecnocientífica concretamente en el
sector del patrimonio cultural y de la memoria colectiva tal como viene
siendo aplicada en los Programas Marco. Convivir con la
contradicción es algo despreciado por el más
trivial sistema lógico, desde que Europa optó por
una interpretación de los fragmentos de
Parménides, fundamentalmente la platónica. Y sin
embargo, desde Heráclito o Hegel a Lars Von Trier, han
surgido multitud de ocasiones, momentum desaprovechado, en los que la
dialéctica ha sabido entender lo irracional humano y la
contradicción consecuente en sus actos.
Deseo creer que esto
explica no solamente mi presencia en tal despropósito sino
también cada una de mis actuaciones específicas y
leales en relación al paradigma tecnopositivista al que me
presté provisionalmente sin soltar los anclajes de la
complejidad. Pero debo reconocer, también, algún
malsano afán por dar satisfacción y, tal vez
respuesta, a algunas presunciones
económico-políticas que había
conjeturado respecto a la planificación europea de la
memoria. No es éste el lugar apropiado para profundizar en
las estructuras de la paradoja, pero el lector sabrá
comprender el sentido de la dedicación de unas
líneas necesarias para desbrozar el problema nuclear de todo
evaluador reflexivo: establecer mecanismos de autoinspección
que desvelen, sin negarlas, sus posiciones discriminatorias.
Y abordar
un proceso de calificación de proyectos engendrados en la
incongruencia, cuya resolución puede decidir la
asignación de astronómicas sumas, no es tarea
sencilla para la complejidad moral. Hablar de sistemas
paradójicos es ya problemático pues
¿cómo puede sobrevivir algo sobre la
negación? Y, sin embargo, sabemos que hasta en los entornos
biológicos y mentales más hostiles para la vida y
la cordura, la positividad se abre camino. Es más, en
algunos entornos la positividad no es posible sin el humus inicial y
dialógico de la negación, sin los nutrientes de
la paradoja. A estas configuraciones, tan caprichosas como abundantes,
podríamos considerarlas sistemas contradictorios. Y aunque
habitualmente tal juicio es pocas veces asumido por las entidades con
capacidad para hacerlo, numerosos sistemas se organizan
contradictoriamente y con suma facilidad en el espacio
noológico que nos incumbe.
El raciocinio no solo comparte
sino que entierra sus raíces en la constitución
primigenia de unos cerebros paleocefálicos de cuya herencia
no podemos liberarnos. La evolución de la irracionalidad
hizo posible la existencia de una razón parricida. Es
así como la contradicción pasó a
formar parte del mundo a través de nuestro modo de verlo y
elaborarlo.(6) A pesar de todo debemos someter
todo juicio a la sospecha
de apariencia y a la certeza de precariedad, tanto en lo que afecta a
la racionalidad más firme como a la contradicción
reconocida. Sobre racionalidad aparente, me ahorraré citar
múltiples y recientes tragedias
“racionalmente” urdidas(7)
y de sobra conocidas. Y, en
lo que concierne a la contradicción, muchas paradojas
célebres, desde tiempos presocráticos, admiten
explicación y, por tanto, se disuelven.
Así,
“desear terminar el pastel de chocolate y no querer que se
acabe” puede existir como enunciado contradictorio hasta que
encontremos una explicación lógica.(8)
Diríamos que las paradojas en forma espiral no son
aceptables pues contienen una apertura o salida. Solo el bucle, el
círculo cerrado contiene la contradicción
auténtica. Aun así, debemos reconocer grados,
tempo y tiempo en las contradicciones. Pero el enigma sobre su
naturaleza seguirá persistiendo. En ese sentido, la
contradicción “autovendernos la memoria”
en el sistema paralógico “memoria
europea” alcanza cierto grado de pureza
paradójica. Solamente mediante un dispositivo
epistemológico no convencional puede abordarse la
cuestión.
El tan excepcional como desconocido, en la
teoría de la comunicación y de la cultura
europeas, lógico brasileño Newton da Costa
proporciona un nuevo esquema, digamos de inspiración
heraclitiana, que permite la coexistencia de enunciados, de tan alto
grado de contradicción como el señalado, en su
denominada Lógica paraconsistente. Entre otros argumentos,
da Costa afirma que su sistema pretende “colaborar en la
apreciación correcta de negación y
contradicción, no solo para demitificar ésta
última sino para calmar a aquéllos que la temen.(9)
Según reconoce modestamente el propio
da Costa, el objetivo
de la paraconsistencia no es sustituir a la lógica
clásica en aquellas aplicaciones que consigue sobradamente
resolver sino, más bien, “reconocer la estructuras
parciales en las que se efectúan los raciocinios
clásicos (…) y sistematizar las situaciones que
comportan creencias contradictorias” (Granger, 2002,
174-179). El territorio de la memoria, viva o inscrita, ha estado
sometido históricamente a las cartografías
irracionales procedentes de la mitología y las creencias,
campo sembrado de contradicciones que parece ser privilegiado por los
enunciados paraconsistentes. Por tanto, el sistema tan
hábilmente tramado por da Costa me facilitó no
solamente actuar como el más fiel de los evaluadores
tecnicistas sino que me permitió ser
simultáneamente fiel a otra causa: buscar respuestas de
orden paraconsistente o caológico en un terreno en el que
necesariamente se maneja material difuso.
Y, caso de no existir tales
indicios de salida compleja en los proyectos presentados, calificarlos
a la baja en consecuencia sin quebrantar las reglas. Tal vez a causa de
la dispersión de intereses y a desconfianzas gestadas
históricamente, la Unión europea aparece con la
aplastante imagen de neutralidad de una agencia que emite
especificaciones meramente técnicas, benefactoras y, en
cierto modo por ello, incuestionables. Nada más lejos de la
realidad. Cada uno de sus programas y acciones responde a una
lógica política consistente, pactada, premeditada
y decididamente neoliberal.
De ese modo, fue encontrada una pasarela
para franquear la inconmensurabilidad entre cuestionarios obligatorios
positivistas y repletos de categorías mercantilistas
cerradas que representaban las directrices e intereses de la
Comisión europea,(10) y su representante provisional en
la
tierra de los proyectos, el evaluador poco conforme con una
superestructura que repartiría prebendas para favorecer el
“tráfico” de la cultura.
III. Calidad, Innovación,
Competitividad: horadar categorías
La presencia de categorías cerradas en
los formularios de análisis de proyectos determina
drásticamente la iniciativa del evaluador. Esto plantea un
lado positivo, pues hace posible cotejar las calificaciones adjudicadas
a un mismo proyecto con el fin de llegar a un consenso(11) pero, por otro
lado, sacrifica la libertad de criterio o acción fuera de lo
establecido.
El modo más sencillo y eficaz que
encontré para poder abordar cada categoría
complejamente, es decir, aceptarla en toda su contradicción
–como compositum oponendi- o a sabiendas de nuestra actitud
contradictoria, consistió en instalar un contracriterio como
hipótesis en el corazón mismo de la
categoría aprovechando lagunas definitorias o la ausencia
patente de claves que la misma lógica oficial provoca para
evitarse los errores de la exhaustividad o la mayor probabilidad de
contradicciones en repertorios amplios.
Así, fue
aquélla una estrategia dialéctica indicial que
aprovechó los resquicios interproposicionales de las
consignas. Como regla general, adopté la fórmula
de abandonar la superficie y el núcleo duro de la
categoría, allá donde mejor se expresan, gravitan
y cohabitan, sin saberlo, los objetivos urgentes de la racionalidad
instrumental con sus resentimientos irracionales adosados, y centrarme
con más atención en las habitualmente abandonadas
capas intermedias. A continuación solo hube de inyectar dos
palabras claves primarias, transversales y suficientes, en aquel tejido
epicategorial: participación y estesia. Veamos, a
continuación, el comportamiento de algunas
categorías generales y las derivaciones obtenidas a partir
de la hibridación paraconsistente, perfectamente compatible
con las exigencias inmediatas de la evaluación y del
evaluador.
La estimación de la calidad de un
proyecto
preside la decisión de una evaluación europea en
el terreno que nos ocupa. No habría mucho que objetar a tal
categoría salvo que no es un indicador absoluto sino siempre
apuntalado por unos objetivos. Por tanto, debe entenderse la calidad en
relación a la filosofía del programa.
Descalificar una política específica de corte
neoliberal implica la desmembración interna de este
indicador a pesar de mantenerse la etiqueta.
Competitividad es un
concepto que goza de inmunidad total; la competencia es positiva para
toda entidad. Criticarla implica descrédito pues se articula
oportunamente con competencia y opone hábilmente a
endogamia. Me limitaré, pues, a afirmar dos cosas:
1) todo
ser vivo viene dotado de competencia y;
2) competitividad es un concepto
derivado de la obsoleta teoría darwinista de la
selección natural que la teoría
económica capitalista no ha tenido escrúpulos en
adaptar. Pero cualquier teoría de la evolución
actual preferirá hablar de acoplamiento estructural o
cooperación antes que de competitividad. En los programas
europeos de la memoria, a primera vista el oponente es
japonés o norteamericano aunque su matriz inspiradora
instala un algoritmo que regirá todos los
ámbitos.
Las estrategias se centrarían,
entonces,
en cómo colmar el zoco electrónico con objetos
culturales cuyo interés para el profano radicaría
en las nuevas formas de presentación digital –y,
por tanto, subrogada-- más que en el objeto mismo.(12)
Así se produce la contradicción latente de querer
llevar la cultura y el patrimonio histórico a los hogares
desde un pseudo-altruismo europeísta que piensa en la
concurrencia, tanto interior como exterior,(13)
de empresas europeas de
compilación y distribución de memoria.
Obviamente, los nuevos canales de
distribución y la
e-culture hacen necesario el cambio de mentalidades en los hogares en
cuanto al equipamiento receptor incluso estableciéndose un
régimen de subvenciones para la adquisión
familiar de terminales, abaratando los costes de engache a la red
digital y favoreciendo la presencia de friendliness en aquellos
proyectos que mejor traten al “usuario-cliente”
final, en su menor esfuerzo para hacerse con la lógica de
los electrodomésticos expendedores y la
organización de expositores de productos
culturales.
Una
neo-Ilustración despótica y exenta del atenuante
de ser la primera. La apuesta por la subrogación digital,
siguiendo el dictado del e-commerce, arrasa con los canales
tradicionales de la cultura y sus formas de despliegue y pliegue. De
ahí que la expresión “sociedad de la
información” no signifique para la gente
más que una infraestructura digital en la que el concepto de
sociedad solo produce extrañamiento cuando se lanza contra
la lógica del vínculo comunitario de lo
cotidiano, de lo cercano e inmanente. Innovación
sería, en consecuencia, el grado de reconocimiento que el
mercado –o sus demiurgos- percibe exclusivamente respecto al
medio y, en menor medida y no decisiva, los aspectos sociales.
Y esto
se funda en tres evidencias nefastas que laten tras la normativa con
que se instruye a los evaluadores: por una parte se solicita valorar
muy positivamente toda innovación tecnológica sin
exigirse su adecuación
“estésica” a los modos y contenidos, lo
que revela una brutal neoderiva cartesiana de la regulación
que termina produciendo el efecto deseado de versatilidad digital
cuando, en realidad, se practica una tosca reducción. Se
profundiza en la brecha creciente entre contenidos y recipientes y se
ignoran, en un asunto como la cultura, las relaciones complejas de las
comunidades con sus tradiciones y las redes evolutivas de sentido que
las actualizan.
Alguna leve alusión a la necesidad de
analizar el impacto de la subrogación en relación
a la producida por su objeto físico matriz, zanja la
cuestión en un documento de trabajo que muestra la
preocupación por los “aspectos
socio-económicos del patrimonio cultural”
(Christensen et al., 2000). El patrón seguido como hilo
conductor es un viejo conocido: la más burda
extrapolación de tecnologías y dogmas que el
funcionalismo de las ciencias sociales tomó prestado de las
disciplinas naturales, para su consolidación inicial, vino
para quedarse en la era digital.
Las consecuencias son evidentes: los
parámetros lógicos y organizativos usados en las
tecnologías bromatológicas campearán a
sus anchas en la construcción de redes tecnoculturales. Por
otro lado, se trata, en efecto, de conservar sin cortapisas el
patrimonio. Por tanto, cualquier ingenio que pudiera dañar
una correcta interpretación de la “memoria
común”, sus hitos y prioritario monumentalismo,
tal y como la tradición oficial lo promulga,
sería relegado. Se trata, así, de servir a la
sociedad productos que se ajustan a lo conocido (textos, fotos, objetos
museológicos) mediante itinerarios probadamente domesticados
que no cuestionen el “orden tradicional” y
demuestren su solvencia con tecnología nueva.
Es
esto innovar? El asunto merece una breve detención: la
conducta contradictoria, tan inconsciente y descontrolada como usual en
los humanos, es peyorativamente juzgada como irracional. Pero tal
conducta aparece en cualquier nivel de inteligencia y de
erudición lo que evidencia no solamente una compatibilidad
poco aceptada sino también la existencia de un referente
para calibrar lo irracional. Hasta que la mente no
“adquiere” un conocimiento que
“juzga” cierto, la escala de incertidumbre que
maneja le impone un alto grado de precaución irracional:
ante lo desconocido e imprevisto siempre se produce una desbandada
transitoria de la razón (radiación, enfermedad,
desempleo, cultura y ritos ajenos).
La conquista o re-establecimiento
de la racionalidad pasa, en consecuencia, por una vuelta al dominio
inmediatamente anterior y a la gradual expansión y control
de la incertidumbre, nunca total. Por ello, más conocimiento
es la clave, pero en cantidad, modalidades y dispositivos de la
cognición que incluyan al cuerpo, a la intuición
o a la memoria trabajando conjugados en el
“endo-teros” y abiertos a la interacción
con redes de inteligencia cooperativa (exo-teros). A mi juicio, la
categoría “innovación” debe
reconocer, privilegiar y potenciar radicalmente esto. Finalmente,
aunque es cierto que no es negado en lugar alguno, no se insiste del
mismo modo en una innovación de las estructuras y
gramáticas de la memoria como en los vehículos
digitales de distribución o depósito.
Esta
cuestión, claramente más imperceptible para el
ciudadano e, incluso, para muchos evaluadores arraigados en el
paradigma tecno-mercantilista, es la más delicada y
perniciosa. Pues, de una parte, al no prestar mucha atención
a los modos de ordenación abierta de lo cultural, se
transmite la impresión –entre los propios
evaluadores- de que tal orden es inocuo, irrelevante o no existe. Y, de
otra, al negar su importancia, el apoyo público europeo esta
usurpando a la dinámica cultural la posibilidad de renovarse
–innovar, si se quiere,- ya sea desde las instancias que se
autoadjudican el privilegio de hacerlo. Las realidades e itinerarios
que siguen las fibras configurantes de la cultura y la memoria nunca
responderán a los imperativos oficiales, eso es cierto, pero
también lo es que la circulación es menor o nula,
donde termina por no haber autopistas o asfalto.
Condenada a caminos
rurales intransitables y codificada por macroestructuras dictadas desde
élites tecnocientíficas apoyadas por
instituciones europeas con los ojos puestos en intereses extraeuropeos,
la memoria real “eurótica” del viejo
continente se ve reducida a la renovación necesaria que
generan entidades unicelulares, inconexas y muy dispersas o a aceptar
los trazados e indumentarias multitudinarias e impersonales que imponen
los representantes de los ciudadanos en su peculiar economía
de la cultura.(14)
IV. El modelo holandés
La presencia de usuarios en los procesos de
diseño de prototipos tecnoculturales es lo que se conoce
como “modelo holandés”. Tal
reconocimiento del cliente, y el traslado de su comportamiento y gusto
siempre, a criterio final del diseñador, es lo
más cerca que la tecnociencia pública europea ha
estado de la ciudadanía, a partir del V-PM, lanzado en 1999.
Sin embargo, la conversión de tal reconocimiento en puntos
decisivos para apadrinar con dinero europeo a uno u otro proyecto no
pudo hacerse realidad, toda vez que en los proponentes de proyectos no
existía una lógica acorde con un modelo
participativo o autogestionario de la memoria (García
Gutiérrez, 2003) a juzgar por las solicitudes que tuve
ocasión de evaluar y de las, finalmente, agraciadas.
La
raíz del problema se encontraba mucho más
atrás, en la propia concepción de usuario y uso
de la información. La red era convertida, por
definición u omisión, en un “servicio a
la sociedad” en el que a la propiedad, generación,
disfrute y participación en la cultura se les llama
“acceso”,
“explotación” y
“producto” y en el que existe una identidad total y
errónea, como dice Elster, entre lo accesible y lo
importante (Elster, 1989: 249). Por su interés central para
esta exposición, rescato íntegramente un
comentario, relegado a pie de página en otro texto, que
recoje el “espíritu y la letra” de la
senda elegida por la política europea de la memoria.
Se
trata de un fragmento en inglés, con mis comentarios en
castellano, extraído de un documento realizado por
consultores de la UE y entregado a los evaluadores como pauta:
“Este decisivo informe, solicitado a un grupo
intercomunitario de expertos por la propia UE y entregado como
guía de recomendaciones y principios a los evaluadores del V
Programa Marco(vid Christensen et al., 2000), en materia de sociedad de
la información, reconocía la necesidad de que los
proyectos que solicitaban millonarios subsidios (en euros)
públicos a la UE para construir prototipos y portales
debían incluir la dimensión SE
(socioeconómica) en sus definiciones de
innovación y de usuario “still operated with a
primarily technical definition of innovation rather than one that
encompasses both socio-economic and technical innovation (...) and the
need to understand ‘user-led innovation’(..)
approach where users and designers co-develop products from their
inception”.
Sin embargo, bajo este indiscutible objetivo
democratizador se deja ver, también de manera
nítida, el mercantilismo instalado en la res
pública europea: términos como
“customisation”, “customers”,
“demands”, “access”,
“consortia”, “success”,
demuestran esto, incluso más abiertamente: “market
competition”, “exploitation” y
“business plan” como conceptos reclamados en los
proyectos que los omiten. Destaca la crítica supuestamente
popular del informe hacia algunos proyectos rechazados en los que
“cultural heritage was often more academically defined than
strongly geared towards a wide customers base”.
Y termino con
otra abominable recomendación del informe y del
espíritu de la evaluación: “public
sector needs to consider their users as consumers of cultural heritage
who are not passive recipients of information but active creators of
heritage markets”. Una antología del disparate
europeo, presente en este informe de encargo que instruye a los
evaluadores independientes convocados por la UE, y que se atreve a
contraponer la alta cultura (se cita la música
clásica como ejemplo de esta “high
culture”) a la cultura popular sin ningún complejo
buscando vías paternalistas e
“ilustradas” de inoculación de
“esa alta cultura” entre los que al parecer la
necesitan, y propone a evaluadores y solicitantes de
subvención que “aprendan la
lección” del éxito de las
“infotainment industries” (un híbrido de
información y entretenimiento:
“infotenimiento”).
Naturalmente, los indicadores de
calidad, competencia o innovación no son neutros: en este
caso responden a una inspiración neoliberal de la
política científica comunitaria que no comparto.
Estas cuestiones fueron decisivas en mi actitud crítica
sobre el espíritu de una evaluación tecnologista
y mercantilista y la base de mi retirada, como evaluador, de los
Programas Marco de la UE en tanto se mantengan tales
criterios” (García Gutiérrez, 2003). La
reflexión fue escrita a finales del año dos mil.
Lo que deja de manifiesto es que no sería suficiente
modificar el lenguaje o las categorías sino sustituir
radicalmente los intereses que inspiraban, y lo continúan
haciendo, nuestra política de la memoria. En efecto, el
modelo de tecnologías constructivas parece privilegiar a un
usuario imprescindible para la supervivencia de la memoria como empresa
mercantil. Insiste, como casi cada enunciado derivado del uso oficial
de lo europeo, en un neocolonial y corporativista
“nosotros” (los ingenieros, los
técnicos, los expertos, los nacionales, la clase media, lo
propio) y un “ellos” (forasteros y outsiders, legos
y usuarios) que contradice la esencia plural de lo europeo.
Tan
generosa tecnología del marketing de la memoria, siendo
vanguardista en sí misma respecto a los criterios
neoconservadores generalizados en su economía
política, debiera ser desbancada por una
ingeniería del lazo social que haga evolucionar lo molar del
territorio jerarquista en espacios transversales de
comunicación y saber que acaben con ese destructor binarismo
del nosotros y ellos, posibilitando otros tipos de subjetividad pues,
debemos preguntarnos con Pierre Lévy,
“en qué condiciones se puede
justificadamente decir (o significar) “nosotros”?
y qué puede ese “nosotros”
enunciar legítimamente como colectivo, sin
usurpación o reducción de la
variedad?, qué se pierde al decir
“nosotros”? (Lévy, 2000: 137, 66). Entre
las aspiraciones de principios y directivas europeas, cada vez
más distantes de las necesidades de la “memoria
real”(15)
y las propuestas y promesas de investigación
de facto que el entramado tecno-científico-empresarial
europeo somete a la Comisión, existe un puente de paso sobre
una tan ingobernable como escasamente observada corriente habitada por
los flujos y precipitaciones de las memorias y culturas vivas.
Son
éstas, precisamente, el supuesto objetivo de unas
políticas y proyectos que, incomprensiblemente, las vadean.
Tal desconexión con la realidad y con lo cotidiano, desde
luego, no es exclusivo de Europa ni de la política
mnemográfica. Responde a una vieja tradición que
basa, en la unilateralidad y en el dogmatismo, toda
percepción del entorno, de “ellos”.
Cuando se trata del territorio de la memoria, el
“ellos” adquiere una visión
paradójica adicional.
Pues son “ellos”
nuestros antecesores ignorados salvo como tópicos, cuyos
legados se pretenden conservar, cerrando los ojos ante el inexorable
proceso de traducción contemporanista, una
sustitución y prelación sin contemplaciones de la
organización del pasado, a la vez que se les priva de voz
propia al haberles impedido el escaso “desarrollo”
tecnológico de épocas anteriores(16)
la posibilidad
de autoorganizar sus vivencias. Así, la
“diferencia” se esparce tanto entre territorios
como en temporalidades bajo la shoah digital. La política
conservadora de la conservación no repara en el hecho de que
conservador no es quien no cambia sino quien manifiesta,
inútilmente, un deseo de inmovilidad.
Y bajo esa
ilusión dañina se proporcionan unos esquemas de
ordenación esclerotizados, insuficientes, involucionistas
tolerados –al no ser proclamado lo contrario o sancionada la
falta de innovación en el terreno organizativo- y hasta
propiciado por el rechazable sueño europeo de una memoria
inmortal, superior, poderosa, sentida, compartida, autorreguladora,
homeostática. El discurso tecnicista, que representa al
más rancio neoconservadurismo
científico—social derivado de la
política neoliberal europea, ha pasado de auspiciar la
recreación social en las virtudes de héroes,
glorias y ancestros mediante el llamamiento a conmemoraciones y
rituales, a obsesionarnos en la imaginación de un sucesor
que será más feliz exclusivamente gracias a una
política tecnológica del pasado,
diseñada ahora, y que ignora tanto las voces de aquellos
antecesores como pretende amordazar las de quienes nos
releven.
La
instauración de una asepsia en la construcción de
la tecnomemoria mediante la ausencia de criterios y calificaciones
específicas en manos de los evaluadores dirigidos a premiar
las innovaciones en materia de organización de colecciones y
fondos es tan nocivo como implantar un modelo único
organizativo de las memorias en los países miembros. De una
parte, mediante el silenciamiento de esa faceta vital de la memoria,
sus modos y lógicas indomables de agrupamiento e
interacción –la exomemorización, en
suma- se potencia la sensación de que estamos ante un
espacio de escaso interés estratégico para el
poder europeo, pero se trata de todo lo contrario.
De otra, se
consolidan los viejos esquemas positivistas de organización
del conocimiento, thesauri, clasificaciones enciclopédicas o
especializadas con espíritu enciclopédico o, lo
que es más peligroso, se da vía libre y subsidios
a rastreadores, buscadores y megaíndices –los
nuevos encomenderos de la memoria digital- como legítimos
restauradores del orden en la red, como tecno-innovadores natos
desvinculados del verdadero humus comunitarista, garantizando la
libertad de memoria mediante la escasa regulación de la
simple disposición alfabética o los operadores
“apolíticos” trasladados a la
búsqueda de información desde el
álgebra de Boole.
De ese modo, y dando cumplimiento al
objetivo librecambista, cual es la sólida
adhesión de ciudadanos consumidores convencidos y
diseminadores de tal convicción, el diseño
estratégico de la tecnología europea de la
memoria y la obsesión de la mayoría de los
gobiernos estatales y regionales cae en la trivial
contradicción de aparecer más como refuerzo
identitario de una determinada clase social dominante, derivado de la
posesión compulsiva de equipamiento digital familiar, antes
que colmar unas necesidades de consumo en materia de memoria.
Otro
“daño colateral” provocado por la
deliberada neurosis tecnológica es, evidentemente, la
vitoreada superación de las “viejas
prácticas” orales, manuales, comunitarias,
presenciales o la ausencia de estudios sobre el “impacto
ecológico”, y no sólo
económico, de la subrogación de las mismas.
Así, la memoria se objetualiza definitivamente pues la
memorización, como proceso o como camino vivos, es
desdeñada por la investigación oficial,
apartándola de las prioridades programadas, al no reconocer
el valor esencial de lo pretérito en una sociedad de la
información lanzada al futuro.
La ausencia alarmante de
criterios obligatorios que reconozcan o penalicen en las
investigaciones subsidiables estudios de impacto de la exomemoria
digital en las tradiciones como, consecuentemente, de programas de
rehabilitación para la coexistencia y mestizaje de viejas y
nuevas experiencias, contrasta insultantemente con la brillantez de
estos indicadores en otros programas lógicamente obedientes
a una sensibilidad ciudadana afortunadamente ya implacable en asuntos
naturales pero poco armada en temas culturales.
No podemos permitir,
como parecen pretender sus promotores, que la digitalización
produzca la absorción de los demás espacios
antropológicos. Por ello, es necesario superar las
insuficiencias del modelo holandés con aplicaciones y
modelos que recojan una erótica y una práctica de
las necesidades cotidianas, solares, moleculares en materia de memoria
y cultura, esto es, mediante el apoyo institucional a proyectos que
ejecuten programas de instrucción social tendentes a la
capacitación del ciudadano en la autogestión
personal (antiindividualista) y comunitaria (anticorporativista), en
una techné orientada a la autoanimación y
participación de la ciudadanía en los asuntos de
la exomemoria personal y colectiva.
Para este objetivo, la nueva
tecnología de hace diez años, o tal vez
más, fue tan capaz como desaprovechada.(17)
La escasa
imaginación dirigida hacia la innovación en
organización, tal vez a causa de un temor justificado a los
efectos de una concienciación insurgente e indomable, del
miedo a un cuestionamiento externo que no quiere la Academia ni la
Política, se ha visto soterrado por el fragor
entusiástico de una desbordada producción de
aparatos digitales, elaborados inmisericordemente con premeditada
obsolescencia, dictada desde las arbitrarias expectativas de la Bolsa.
Tal atmósfera orgiástica y
efímera
subyace en la planificación de unas políticas
científicas de la memoria social que debiera fundar los
cimientos en sus antípodas. Y sin, embargo, desde los
principios inspiradores hasta la terminología de las
recomendaciones se explayan en el territorio del mercado pasajero. Un
mundo inconmensurable respecto a la cultura y la memoria.
V. Recuperación compleja de la memoria
Se dice que sin memoria europea, Europa no puede
tener identidad. Pero el problema estriba en que la memoria no acepta
gentilicios y vale más construir otras alianzas y
desarrollar la razón sensible que forzar y aplicar el
proteccionismo mercantil a instancias ingobernables y expresiones
vivas. Y, desde luego, es tan absurdo oponerse a los ensamblajes inter-
y transcomunitarios de cualquier nivel y escala como obcecarse en la
exclusividad y apertura hacia unos a la vez que en la
cerrazón y negación de otros. De hecho, las
memorias y culturas interaccionan desordenadamente, y se modifican, a
la vista de la vigilancia pro-rectora de sus diseñadores.
Una configuración dada de memorias
jerárquicas y
transversales, trascendentales e inmanentes, paradigmáticas
y sintagmáticas, oficiales y cotidianas,
burocráticas y eróticas, podría
denominarse memoria europea, pero tal orden debería
abanderar, como propiedad básica, la apertura permanente a
nuevas reconfiguraciones complejas abiertas cardinalmente. En tal caso,
la tecnología europea de la memoria debe
diseñarse para derribar fronteras, incluidas las terrestres
y comunitarias, exteriores e interiores, de clase y laborales, de
jóvenes y viejos, para recuperar un espacio europeo que se
constituyó y lo sigue haciendo, a pesar de las barreras pero
con más sufrimiento, de emplazamientos y desplazamientos, de
asentamientos y fugas siempre necesarios, nunca insensatos, para la
supervivencia de la cultura y de la memoria.
Esa tecnología
urdida en la competitividad, pero desde una incompetencia miope
respecto a su propio futuro, por la industria mercantil, debe
reorientar su estrategia hacia otros horizontes en los que la abrupta
seguridad conceptual de Europa se diluya en el reconocimiento de la
ignorancia propia o, incluso, en la aniquilación misma de
tal concepto discriminador. Pues como dice Lévy,
“nadie es ignorante ya que toda vida implica y construye
necesariamente el conocimiento de un mundo.
El juicio de ignorancia
proviene del hecho de definir el conocimiento de manera trascendente.
El saber provendría de Dios, de la Revelación, de
la Iglesia, del Partido, de la Secta, de la Universidad, de la Escuela,
de la Ciencia, del Método, de los Especialistas, de los
Antiguos, del Jefe, de las Escrituras, de la TV, de cualquier instancia
o procedimiento infalible. El conocimiento existiría como
algo en sí, como hecho autónomo y no como
creación permanente, proceso de exploración,
devenir colectivo, ideas de millones de cuerpos vivos,
expresión de la diversidad de la vida y de los mundos.
Toda
definición trascendente del saber excluye forzosamente a los
que no se le someten, o cuyas formas de inteligencia no le
corresponden. Por el contrario, un abordaje inmanente del saber, un
saber reconocido, presente en todo lugar donde crece la vida humana, no
excluye a nadie” (Lévy, 2000: 91). Al
catálogo de autoridades que expone Lévy
habría que añadir la Sociedad de la
Información, otra entidad trascendente y totémica
supuestamente depositaria de la sapientia y sin cuya existencia parece
ser que no es posible otra idea y otra memoria de Europa.
Me gusta
reflexionar afectuosamente sobre la imagen utópica de Europa
pero, sin duda, no es ésta la imagen que
correspondería con la política real de su
memoria. Rechazo la idea de una Europa construida contra todo exterior
agresor inventado y sobre la base de creencias en
tecnologías que apoyan, incluso, la
discriminación y la exclusión intramuros. El
desmantelamiento de fronteras es una falacia y Schengen ha sido
compensado con el reforzamiento de alambradas antiafricanas.
La misma
lógica de la compensación funciona en todas las
acciones que propulsa un neoliberalismo siempre resistente, incluso
aquél que baila con seductora máscara ante una
memoria que quiere poseer y envasar. Por ello, no habrá
más remedio que subvertir las tendencias dominantes con o
sin subsidios institucionales, con o sin apoyo oficial. Y la
ocasión ya existe: la investigación alternativa
debe aplicarse a construir y divulgar herramientas críticas
que contribuyan a devolver diversidad ocupando las
tecnologías unificantes. Se impone recuperar el sosiego y,
como afirma Maffesoli, precisamente en estos tiempos de urgencia
debemos elaborar estrategias de lentitud. Presentar y ya no
representar, mostrar antes que demostrar.
Pues aunque, a pesar de lo
que se diga, la historia nunca pone la mayoría de las cosas
en su sitio, Nietzsche solía consolarse diciendo que las
verdaderas revoluciones siempre caminan a paso de paloma…
Antonio
García Gutiérrez, AGG (1955),
profesor titular de la Universidad Complutense de madrid hasta
1993 y desde 1994 Catedrático de la Universidad de Sevilla.
Ha sido director
del Departamento de Comunicación audiovisual y Publicidad,
Literatura y
Estética y en la actualidad lo es del Departamento de
Periodismo I de la
Universidad de Sevilla. Tiene varios libros sobre
organización del
conocimiento y políticas de la memoria dentro del
área, ya consolidadad en
el programa de investigación del Departamento, denominada
"estudios de
exomemoria" los más recientes: "La memoria subrogada:
mediación, cultura y
conciencia en la red digital", publicado por la Universidad de Granada
en
2002 y "Otra memoria es posible: estrategias descolonizadoras del
archivo
mundial" publicado por La Crujía en Buenos Aires en 2004. Ha
sido durante
varios años consultor de organismos internacionales como
OMT/WTO y Unesco.
Notas
[1] Escribe
Donne: “I cannot say I loved, for who can say He was killed
yesterday? (No puedo decir que amé puesto que
¿quién puede decir que le mataron ayer?). Sobre
tal incongruencia pragmática y la presencia de la
contradicción en la racionalidad, vid Elster, 1989: 263 y
ss. y Granger (2002) Voltar
[2] Sobre el sentido que aplico al
vínculo comunitario vid el concepto de
antropológica en Sodré (2002). Voltar
[3] Se dice que la más
tradicional pasta italiana de la actualidad es la preparada en el
barrio de Bixiga de São Paulo, por los nietos de la gran
emigración. Voltar
[4] En efecto, presté mis
servicios como evaluador ante la Unión europea en la
acción clave “Sociedad de la
Información”, área de Patrimonio
cultural y colecciones digitales, en convocatorias del V Programa Marco
(1999-2002). La crítica constructiva introducida en el
presente texto se refiere, por tanto, a situaciones y directivas
habilitadas en tal periodo, si bien los cambios habidos en el VI
Programa, vigente en 2003, son irrelevantes en relación a
los elementos de fondo cuestionados. El lector sabrá
disculpar la ausencia de nombres de proyectos, personas e instituciones
concretas en virtud de la confidencialidad a la que se compromete todo
evaluador durante y tras el proceso evaluador. Voltar
[5] Y esas cantidades pueden sumar 2, 3
ó 4 millones de euros lo que evidencia el rango de solvencia
exigida solicitada a los consorcios académicos, a quienes no
solo se les recomienda aliarse con empresas privadas como
demostración de estar en el mundo real sino que, como se ve,
se les obliga a buscar alianzas con las empresas más
poderosas para hacer frente a ese cincuenta por ciento de
responsabilidad. Esto sucede a partir del V Programa Marco,
pues en palabras de un coordinador de proyectos en un briefing de
bienvenida a los evaluadores, fue un error de los cuatro
programas anteriores otorgar mayores subvenciones a los consorcios y
“practicar el babysitting” en
investigación y desarrollo. Voltar
[6] La irracionalidad, no obstante,
ocupa un universo mucho más amplio que el mero estudio que
abarca la contradicción, asociada en la teoría de
la racionalidad imperfecta de Elster (1989) al comportamiento
irracional. En ese sentido realizamos también la
subordinación en este texto. Voltar
[7] Y que, por cierto, demuestran la
fragmentación real constituyente de Europa –hasta
en la inquebrantable superficie- frente al proyecto imaginario de una
Europa negativa construida “contra” su entorno. Voltar
[8] Elster (1989), por
ejemplo, examina diversas formas de contradicción
como “no querer recordar”. Voltar
[9] La denominación de
paraconsistencia se debe, al parecer, al lógico peruano F.
Miro Quesada según asevera Granger (2002: 146, 148).
También el lógico australiano Graham Priest
aborda estas cuestiones en la llamada dialethic logics. Un
análisis de las estructuras
sintáctico-semánticas de la paraconsistencia en
Granger (2002). Voltar
[10] Como posible brecha que indique
espiral, y no círculo, señalaré que
sobre el compromiso contractual con el gobierno europeo
prevalecería el compromiso propio con un ideal civilizatorio
transcultural. Voltar
[11] Habitualmente se asigna a varios
evaluadores una misma propuesta para, una vez calificada en complejos
formularios, pasar a un “consensus meeting” en el
que se intenta llegar a una nota media y razonada sobre cada proyecto. Voltar
[12] Este es el telón de
fondo del asunto que trato ampliamente en “La memoria
subrogada” (2002) y late tras la propuesta de una
epistemografía interactiva. Voltar
[13] Incluso se dio el caso de detectar
la presencia de grandes multinacionales norteamericanas, europeizadas a
través de filiales que servían al mismo promotor,
en consorcios que solicitaban la ayuda pública para,
supuestamente, hacer competencia a sus casa matrices. Voltar
[14] Pues “existen cada vez
menos argumentos técnicos para perpetuar el despotismo
fragmentado que constituye la delegación” afirma
Pierre Lévy (2000: 76) en una referencia a la
representación democrática cien por cien
válida en el ámbito de la memoria
delegada o cedida. Voltar
[15] Esto es, una memoria llena de
vitalidad ya sea en la construcción biológica
(biomemoria) como física (exomemoria) de recuerdos pues en
ambas dimensiones complementarias, inseparables, se producen procesos
resemantizadores y de actualización. No hay
memoria sino en curso. Voltar
[16] De idéntico modo que la
actual y desarrollada “tecno-lógica” nos
niega exactamente, y con premeditación, la misma
posibilidad. Repárese, también, en el relativismo
del concepto de desarrollo. Voltar
[17] Y nunca un hogar ha agotado las
posibilidades de su ordenador personal antes de adquirir el siguiente:
es la propia industria informática la que establece los
calendarios de extenuación de procesadores y ram con el fin
de colocar nuevas remesas. Pero esto no ocurre por desgaste de los
materiales sino a causa de una estrategia gigantista aplicada al
software que condena en poco tiempo a Liliput al más
soberbio ordenador. Con otra política de sistemas
operativos, aplicaciones y una “cultura del
alambre” (Ford, 1994: 81) para los pc, el célebre
XT hubiera durado más tiempo en los hogares que el viejo
frigorífico. Voltar
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