GHREBH-, em indoeuropeu significava 'cavar, escavar', transformou-se, no germânico antigo, em /graban/ com o significado de 'escavar' ; transformou-se também em /graver/ (francês) com o sentido de lavrar em oco ou em relevo uma inscrição ou figura. As variantes GEREBH- ou GERBH- significam 'riscar, arranhar'. Dão origem ao anglo-saxônico /ceorfan/ 'recortar', ao alto alemão antigo, /kerban/ 'fazer uma incisão', ao norueguês / krabbe/ 'escavar'. Em grego deu /graphein/, como 'gravar, lavrar em baixo ou alto relevo uma inscrição ou figura, escrever'. Em latim /graphium/ significa 'estilo, ponteiro para escrever na cêra' e /graphiarium/ quer dizer 'estojo para guardar os estiletes com que se escrevia'. Dessa raiz comum vieram todas as palavras derivadas e compostas de gravar e grafia como biografia, gráfico, grafite, parágrafo, gravação, gravura. Também dessa mesma raiz provém o gre o /gramma/, com o significado de 'letra, linha' e seus compostos e derivados como programa, gramática, epigrama, anagrama, cardiograma e telegrama. (Fontes: Roberts/Pastor, Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española; Kluge, Etymologisches Wörterbuch der deutschen Sprache; Faria, Dicionário escolar latino-português; Pokorny, Indogermanisches Wörterbuch)
brasil número 7 | são paulo | outubro de 2005   ISSN 1679-9100



La Política Europea de la Memoria.
Una Evaluación Paraconsistente.

por Antonio García Gutiérrez
(Universidade de Sevilha - algarcia@us.es)


I. Una memoria europea?

Decía John Donne, el gran poeta de la paradoja, que no es posible conjugar el verbo amar en tiempo pasado;(1) hasta tal punto son sensibles e inestables los procesos de construcción de la identidad respecto a las artes del encantamiento. El mismo principio podría operar en los territorios difuminados de lo onírico o jerarquizados por el imaginario colectivo. Y no tengo otro remedio que acudir a la materia prima de su trabajo, la contradicción y los afectos, al pensar en una memoria europea si ésta, por una vez o a través de algún conducto ignoto, hubiera conseguido encarnarse en comunidad de sentido, como proyecto inmanente de existencia.

Pero pensar, imaginar, memorizar o creer en una Europa como comunidad total es y será, durante muchas generaciones, una agotadora profesión de fe, pues el significado real de lo comunitario(2) no es improvisable. Nunca los apegos fueron asunto de laboratorio. Y, de momento, sólo podríamos hablar con propiedad de una memoria europea si nos referimos estrictamente a los archivos y registros de una implacable burocracia surgida hace medio siglo de la matriz hermafrodita del Tratado de Roma. Sin embargo, probablemente esa memoria oficial nunca alcanzará la fuerza erotizante de la más desafectada criatura mitológica para tatuarse en las subjetividades. 

Respecto a otro tipo de configuraciones de recuerdos y olvidos comunes, más cercano a lo que entendemos por memoria colectiva, tendríamos que atenernos a la mera yuxtaposición, ejercicio aplicable sobre cualquier puñado de países o comunidades con los que se quiera establecer alianzas de pasado compartido: Flandes, Suramérica, Filipinas, el Rif, incluso, una memoria hispano-noramericana referida a cuando la Florida, Baja California o Cuba fueron colonias españolas. Pero en su empeño por crearse una memoria genuina y común, la burocracia europea buscó reflejo en el speculum norteamericano, adoptando un modelo excesivamente inhóspito para su diversidad ancestral y provocando la transformación de su relieve cultural en una gran planicie al servicio de la “farwesternización”.

La atracción masiva del sueño occidental, en el siglo de la revolución industrial, acabó con la última posibilidad de florecimiento espontáneo de una multiplicidad de comunidades europeas, como venía ocurriendo en suelos continentales, desde el Neolítico, marcadas por un tempo propiamente europeo de residencias y tránsitos. O, tal vez, la semilla de la memoria filogénicamente europea se trasladara y brotara en Norteamérica, incubada por la confraternización migratoria, para quedarse y evolucionar definitivamente allí.(3) Siglos de hecatombes y excesos de toda índole dieron lugar, a pesar de la disposición de las racionalidades imperiales a escarmentar cualquier aglomeración libre de memoria sospechosa de traición, a uno de los más complejos paisajes culturales del planeta cuyos planes de conservación pueden significar su más radical exterminio. 

Por tanto, nunca fuimos europeos en el sentido contemporáneo –pues las frágiles memorias comunitarias aludidas fueron excomulgadas por la Ilustración- o Europa no es mas que un solar en alquiler y, su memoria común actual, la propia de gestores inmobiliarios. En ese espacio debo honradamente encuadrar todo juicio afectuoso que emita sobre lo europeo, incluidas las consideraciones técnicas que hube de realizar al participar como evaluador en los proyectos presentados a tenor de las prioridades establecidas por la política científica europea de la memoria.(4) 

Las directivas europeas sobre patrimonio cultural –encuadradas en el proyecto culturicida IST, Information Society Technologies- se empeñan en salvaguardar el patrimonio histórico y los recursos a la memoria mediante subrogaciones digitales adscritas radicalmente al paradigma tecnicista y a sus tópicos asociados y desarraigadas de una inteligencia emocional necesaria para que la fuerza de la gravedad, la erótica de la tierra en suma, nunca deje de influir en el peso y la carne de la memoria. 

Sin embargo, el atractor occidental no sólo se instaló en la Comisión Europa generando, por ejemplo, la alergia africana hacia el continente hermano al sur, milenariamente responsable de gran parte de nuestras riquezas patrimoniales ahora en franca deriva como cultura-nenúfar hacia un noroeste incierto, sino que también inoculó las políticas tecnocientíficas de la memoria en gobiernos estatales, regionales, municipales cuyas prioridades en materia de investigación y desarrollo suelen subordinarse a las directrices de Bruselas. 

En este texto, relataré mi tránsito por algunos mecanismos de la nueva vigilancia cultural europea, esto es, allí donde se analiza, discute y decide qué sectores culturales y con qué subvenciones públicas se oxigenarán los proyectos presentados a la Comisión europea con objeto de hacer rentables los “productos de la memoria” imaginados por los más osados consorcios neoliberales. Y, con ese fin, partiré de la manifiesta problemática que subyace en la expresión “memoria europea”. Si no existe cómo es posible planificarla?



II. El evaluador paraconsistente

Una vez elevada, con esfuerzo, la idea imaginaria de memoria, cultura o patrimonio histórico europeos a la categoría de “observable” o constructo parametrizable y describible, han de superarse, con la suprema voluntad del cogito cartesiano, algunas limitaciones del sujeto empírico en favor de la irreal pureza ontológica y epistémica. En efecto, evaluar proyectos particulares que solicitan millonarias sumas de las arcas públicas de la Unión europea para poder comercializarlos entre el mismo auditorio que lo subvenciona con sus impuestos no deja de ser una insensatez.

Y, sin embargo, el marketing político-científico europeo lo llena de sentido. Así, proyectos gestados desde la paradoja y hacia la contradicción (autovendernos los propios saberes y recuerdos en colecciones subrogadas digitalmente) por equipos multidisciplinares, multiinstitucionales y multinacionales, que han de disponer de suficiente solvencia como para responder a la mitad de la cantidad solicitada,(5) son financiados por la Comisión europea generando numerosas situaciones de contradicción y riesgo. 

En este texto no se cuestiona la pulcritud y transparencia de los procedimientos evaluadores sino la lógica de fondo de la política tecnocientífica concretamente en el sector del patrimonio cultural y de la memoria colectiva tal como viene siendo aplicada en los Programas Marco. Convivir con la contradicción es algo despreciado por el más trivial sistema lógico, desde que Europa optó por una interpretación de los fragmentos de Parménides, fundamentalmente la platónica. Y sin embargo, desde Heráclito o Hegel a Lars Von Trier, han surgido multitud de ocasiones, momentum desaprovechado, en los que la dialéctica ha sabido entender lo irracional humano y la contradicción consecuente en sus actos.

Deseo creer que esto explica no solamente mi presencia en tal despropósito sino también cada una de mis actuaciones específicas y leales en relación al paradigma tecnopositivista al que me presté provisionalmente sin soltar los anclajes de la complejidad. Pero debo reconocer, también, algún malsano afán por dar satisfacción y, tal vez respuesta, a algunas presunciones económico-políticas que había conjeturado respecto a la planificación europea de la memoria. No es éste el lugar apropiado para profundizar en las estructuras de la paradoja, pero el lector sabrá comprender el sentido de la dedicación de unas líneas necesarias para desbrozar el problema nuclear de todo evaluador reflexivo: establecer mecanismos de autoinspección que desvelen, sin negarlas, sus posiciones discriminatorias. 

Y abordar un proceso de calificación de proyectos engendrados en la incongruencia, cuya resolución puede decidir la asignación de astronómicas sumas, no es tarea sencilla para la complejidad moral. Hablar de sistemas paradójicos es ya problemático pues ¿cómo puede sobrevivir algo sobre la negación? Y, sin embargo, sabemos que hasta en los entornos biológicos y mentales más hostiles para la vida y la cordura, la positividad se abre camino. Es más, en algunos entornos la positividad no es posible sin el humus inicial y dialógico de la negación, sin los nutrientes de la paradoja. A estas configuraciones, tan caprichosas como abundantes, podríamos considerarlas sistemas contradictorios. Y aunque habitualmente tal juicio es pocas veces asumido por las entidades con capacidad para hacerlo, numerosos sistemas se organizan contradictoriamente y con suma facilidad en el espacio noológico que nos incumbe. 

El raciocinio no solo comparte sino que entierra sus raíces en la constitución primigenia de unos cerebros paleocefálicos de cuya herencia no podemos liberarnos. La evolución de la irracionalidad hizo posible la existencia de una razón parricida. Es así como la contradicción pasó a formar parte del mundo a través de nuestro modo de verlo y elaborarlo.(6) A pesar de todo debemos someter todo juicio a la sospecha de apariencia y a la certeza de precariedad, tanto en lo que afecta a la racionalidad más firme como a la contradicción reconocida. Sobre racionalidad aparente, me ahorraré citar múltiples y recientes tragedias “racionalmente” urdidas(7) y de sobra conocidas. Y, en lo que concierne a la contradicción, muchas paradojas célebres, desde tiempos presocráticos, admiten explicación y, por tanto, se disuelven.

Así, “desear terminar el pastel de chocolate y no querer que se acabe” puede existir como enunciado contradictorio hasta que encontremos una explicación lógica.(8) Diríamos que las paradojas en forma espiral no son aceptables pues contienen una apertura o salida. Solo el bucle, el círculo cerrado contiene la contradicción auténtica. Aun así, debemos reconocer grados, tempo y tiempo en las contradicciones. Pero el enigma sobre su naturaleza seguirá persistiendo. En ese sentido, la contradicción “autovendernos la memoria” en el sistema paralógico “memoria europea” alcanza cierto grado de pureza paradójica. Solamente mediante un dispositivo epistemológico no convencional puede abordarse la cuestión.

El tan excepcional como desconocido, en la teoría de la comunicación y de la cultura europeas, lógico brasileño Newton da Costa proporciona un nuevo esquema, digamos de inspiración heraclitiana, que permite la coexistencia de enunciados, de tan alto grado de contradicción como el señalado, en su denominada Lógica paraconsistente. Entre otros argumentos, da Costa afirma que su sistema pretende “colaborar en la apreciación correcta de negación y contradicción, no solo para demitificar ésta última sino para calmar a aquéllos que la temen.(9) 

Según reconoce modestamente el propio da Costa, el objetivo de la paraconsistencia no es sustituir a la lógica clásica en aquellas aplicaciones que consigue sobradamente resolver sino, más bien, “reconocer la estructuras parciales en las que se efectúan los raciocinios clásicos (…) y sistematizar las situaciones que comportan creencias contradictorias” (Granger, 2002, 174-179). El territorio de la memoria, viva o inscrita, ha estado sometido históricamente a las cartografías irracionales procedentes de la mitología y las creencias, campo sembrado de contradicciones que parece ser privilegiado por los enunciados paraconsistentes. Por tanto, el sistema tan hábilmente tramado por da Costa me facilitó no solamente actuar como el más fiel de los evaluadores tecnicistas sino que me permitió ser simultáneamente fiel a otra causa: buscar respuestas de orden paraconsistente o caológico en un terreno en el que necesariamente se maneja material difuso. 

Y, caso de no existir tales indicios de salida compleja en los proyectos presentados, calificarlos a la baja en consecuencia sin quebrantar las reglas. Tal vez a causa de la dispersión de intereses y a desconfianzas gestadas históricamente, la Unión europea aparece con la aplastante imagen de neutralidad de una agencia que emite especificaciones meramente técnicas, benefactoras y, en cierto modo por ello, incuestionables. Nada más lejos de la realidad. Cada uno de sus programas y acciones responde a una lógica política consistente, pactada, premeditada y decididamente neoliberal. 

De ese modo, fue encontrada una pasarela para franquear la inconmensurabilidad entre cuestionarios obligatorios positivistas y repletos de categorías mercantilistas cerradas que representaban las directrices e intereses de la Comisión europea,(10) y su representante provisional en la tierra de los proyectos, el evaluador poco conforme con una superestructura que repartiría prebendas para favorecer el “tráfico” de la cultura.



III. Calidad, Innovación, Competitividad: horadar categorías

La presencia de categorías cerradas en los formularios de análisis de proyectos determina drásticamente la iniciativa del evaluador. Esto plantea un lado positivo, pues hace posible cotejar las calificaciones adjudicadas a un mismo proyecto con el fin de llegar a un consenso(11) pero, por otro lado, sacrifica la libertad de criterio o acción fuera de lo establecido. 

El modo más sencillo y eficaz que encontré para poder abordar cada categoría complejamente, es decir, aceptarla en toda su contradicción –como compositum oponendi- o a sabiendas de nuestra actitud contradictoria, consistió en instalar un contracriterio como hipótesis en el corazón mismo de la categoría aprovechando lagunas definitorias o la ausencia patente de claves que la misma lógica oficial provoca para evitarse los errores de la exhaustividad o la mayor probabilidad de contradicciones en repertorios amplios. 

Así, fue aquélla una estrategia dialéctica indicial que aprovechó los resquicios interproposicionales de las consignas. Como regla general, adopté la fórmula de abandonar la superficie y el núcleo duro de la categoría, allá donde mejor se expresan, gravitan y cohabitan, sin saberlo, los objetivos urgentes de la racionalidad instrumental con sus resentimientos irracionales adosados, y centrarme con más atención en las habitualmente abandonadas capas intermedias. A continuación solo hube de inyectar dos palabras claves primarias, transversales y suficientes, en aquel tejido epicategorial: participación y estesia. Veamos, a continuación, el comportamiento de algunas categorías generales y las derivaciones obtenidas a partir de la hibridación paraconsistente, perfectamente compatible con las exigencias inmediatas de la evaluación y del evaluador.

La estimación de la calidad de un proyecto preside la decisión de una evaluación europea en el terreno que nos ocupa. No habría mucho que objetar a tal categoría salvo que no es un indicador absoluto sino siempre apuntalado por unos objetivos. Por tanto, debe entenderse la calidad en relación a la filosofía del programa. Descalificar una política específica de corte neoliberal implica la desmembración interna de este indicador a pesar de mantenerse la etiqueta.

Competitividad es un concepto que goza de inmunidad total; la competencia es positiva para toda entidad. Criticarla implica descrédito pues se articula oportunamente con competencia y opone hábilmente a endogamia. Me limitaré, pues, a afirmar dos cosas: 

1) todo ser vivo viene dotado de competencia y;

2) competitividad es un concepto derivado de la obsoleta teoría darwinista de la selección natural que la teoría económica capitalista no ha tenido escrúpulos en adaptar. Pero cualquier teoría de la evolución actual preferirá hablar de acoplamiento estructural o cooperación antes que de competitividad. En los programas europeos de la memoria, a primera vista el oponente es japonés o norteamericano aunque su matriz inspiradora instala un algoritmo que regirá todos los ámbitos. 

Las estrategias se centrarían, entonces, en cómo colmar el zoco electrónico con objetos culturales cuyo interés para el profano radicaría en las nuevas formas de presentación digital –y, por tanto, subrogada-- más que en el objeto mismo.(12) Así se produce la contradicción latente de querer llevar la cultura y el patrimonio histórico a los hogares desde un pseudo-altruismo europeísta que piensa en la concurrencia, tanto interior como exterior,(13) de empresas europeas de compilación y distribución de memoria. 

Obviamente, los nuevos canales de distribución y la e-culture hacen necesario el cambio de mentalidades en los hogares en cuanto al equipamiento receptor incluso estableciéndose un régimen de subvenciones para la adquisión familiar de terminales, abaratando los costes de engache a la red digital y favoreciendo la presencia de friendliness en aquellos proyectos que mejor traten al “usuario-cliente” final, en su menor esfuerzo para hacerse con la lógica de los electrodomésticos expendedores y la organización de expositores de productos culturales. 

Una neo-Ilustración despótica y exenta del atenuante de ser la primera. La apuesta por la subrogación digital, siguiendo el dictado del e-commerce, arrasa con los canales tradicionales de la cultura y sus formas de despliegue y pliegue. De ahí que la expresión “sociedad de la información” no signifique para la gente más que una infraestructura digital en la que el concepto de sociedad solo produce extrañamiento cuando se lanza contra la lógica del vínculo comunitario de lo cotidiano, de lo cercano e inmanente. Innovación sería, en consecuencia, el grado de reconocimiento que el mercado –o sus demiurgos- percibe exclusivamente respecto al medio y, en menor medida y no decisiva, los aspectos sociales. 

Y esto se funda en tres evidencias nefastas que laten tras la normativa con que se instruye a los evaluadores: por una parte se solicita valorar muy positivamente toda innovación tecnológica sin exigirse su adecuación “estésica” a los modos y contenidos, lo que revela una brutal neoderiva cartesiana de la regulación que termina produciendo el efecto deseado de versatilidad digital cuando, en realidad, se practica una tosca reducción. Se profundiza en la brecha creciente entre contenidos y recipientes y se ignoran, en un asunto como la cultura, las relaciones complejas de las comunidades con sus tradiciones y las redes evolutivas de sentido que las actualizan. 

Alguna leve alusión a la necesidad de analizar el impacto de la subrogación en relación a la producida por su objeto físico matriz, zanja la cuestión en un documento de trabajo que muestra la preocupación por los “aspectos socio-económicos del patrimonio cultural” (Christensen et al., 2000). El patrón seguido como hilo conductor es un viejo conocido: la más burda extrapolación de tecnologías y dogmas que el funcionalismo de las ciencias sociales tomó prestado de las disciplinas naturales, para su consolidación inicial, vino para quedarse en la era digital. 

Las consecuencias son evidentes: los parámetros lógicos y organizativos usados en las tecnologías bromatológicas campearán a sus anchas en la construcción de redes tecnoculturales. Por otro lado, se trata, en efecto, de conservar sin cortapisas el patrimonio. Por tanto, cualquier ingenio que pudiera dañar una correcta interpretación de la “memoria común”, sus hitos y prioritario monumentalismo, tal y como la tradición oficial lo promulga, sería relegado. Se trata, así, de servir a la sociedad productos que se ajustan a lo conocido (textos, fotos, objetos museológicos) mediante itinerarios probadamente domesticados que no cuestionen el “orden tradicional” y demuestren su solvencia con tecnología nueva. 

Es esto innovar? El asunto merece una breve detención: la conducta contradictoria, tan inconsciente y descontrolada como usual en los humanos, es peyorativamente juzgada como irracional. Pero tal conducta aparece en cualquier nivel de inteligencia y de erudición lo que evidencia no solamente una compatibilidad poco aceptada sino también la existencia de un referente para calibrar lo irracional. Hasta que la mente no “adquiere” un conocimiento que “juzga” cierto, la escala de incertidumbre que maneja le impone un alto grado de precaución irracional: ante lo desconocido e imprevisto siempre se produce una desbandada transitoria de la razón (radiación, enfermedad, desempleo, cultura y ritos ajenos).

La conquista o re-establecimiento de la racionalidad pasa, en consecuencia, por una vuelta al dominio inmediatamente anterior y a la gradual expansión y control de la incertidumbre, nunca total. Por ello, más conocimiento es la clave, pero en cantidad, modalidades y dispositivos de la cognición que incluyan al cuerpo, a la intuición o a la memoria trabajando conjugados en el “endo-teros” y abiertos a la interacción con redes de inteligencia cooperativa (exo-teros). A mi juicio, la categoría “innovación” debe reconocer, privilegiar y potenciar radicalmente esto. Finalmente, aunque es cierto que no es negado en lugar alguno, no se insiste del mismo modo en una innovación de las estructuras y gramáticas de la memoria como en los vehículos digitales de distribución o depósito. 

Esta cuestión, claramente más imperceptible para el ciudadano e, incluso, para muchos evaluadores arraigados en el paradigma tecno-mercantilista, es la más delicada y perniciosa. Pues, de una parte, al no prestar mucha atención a los modos de ordenación abierta de lo cultural, se transmite la impresión –entre los propios evaluadores- de que tal orden es inocuo, irrelevante o no existe. Y, de otra, al negar su importancia, el apoyo público europeo esta usurpando a la dinámica cultural la posibilidad de renovarse –innovar, si se quiere,- ya sea desde las instancias que se autoadjudican el privilegio de hacerlo. Las realidades e itinerarios que siguen las fibras configurantes de la cultura y la memoria nunca responderán a los imperativos oficiales, eso es cierto, pero también lo es que la circulación es menor o nula, donde termina por no haber autopistas o asfalto. 

Condenada a caminos rurales intransitables y codificada por macroestructuras dictadas desde élites tecnocientíficas apoyadas por instituciones europeas con los ojos puestos en intereses extraeuropeos, la memoria real “eurótica” del viejo continente se ve reducida a la renovación necesaria que generan entidades unicelulares, inconexas y muy dispersas o a aceptar los trazados e indumentarias multitudinarias e impersonales que imponen los representantes de los ciudadanos en su peculiar economía de la cultura.(14)



IV. El modelo holandés

La presencia de usuarios en los procesos de diseño de prototipos tecnoculturales es lo que se conoce como “modelo holandés”. Tal reconocimiento del cliente, y el traslado de su comportamiento y gusto siempre, a criterio final del diseñador, es lo más cerca que la tecnociencia pública europea ha estado de la ciudadanía, a partir del V-PM, lanzado en 1999. Sin embargo, la conversión de tal reconocimiento en puntos decisivos para apadrinar con dinero europeo a uno u otro proyecto no pudo hacerse realidad, toda vez que en los proponentes de proyectos no existía una lógica acorde con un modelo participativo o autogestionario de la memoria (García Gutiérrez, 2003) a juzgar por las solicitudes que tuve ocasión de evaluar y de las, finalmente, agraciadas.

La raíz del problema se encontraba mucho más atrás, en la propia concepción de usuario y uso de la información. La red era convertida, por definición u omisión, en un “servicio a la sociedad” en el que a la propiedad, generación, disfrute y participación en la cultura se les llama “acceso”, “explotación” y “producto” y en el que existe una identidad total y errónea, como dice Elster, entre lo accesible y lo importante (Elster, 1989: 249). Por su interés central para esta exposición, rescato íntegramente un comentario, relegado a pie de página en otro texto, que recoje el “espíritu y la letra” de la senda elegida por la política europea de la memoria.

Se trata de un fragmento en inglés, con mis comentarios en castellano, extraído de un documento realizado por consultores de la UE y entregado a los evaluadores como pauta: “Este decisivo informe, solicitado a un grupo intercomunitario de expertos por la propia UE y entregado como guía de recomendaciones y principios a los evaluadores del V Programa Marco(vid Christensen et al., 2000), en materia de sociedad de la información, reconocía la necesidad de que los proyectos que solicitaban millonarios subsidios (en euros) públicos a la UE para construir prototipos y portales debían incluir la dimensión SE (socioeconómica) en sus definiciones de innovación y de usuario “still operated with a primarily technical definition of innovation rather than one that encompasses both socio-economic and technical innovation (...) and the need to understand ‘user-led innovation’(..) approach where users and designers co-develop products from their inception”.

Sin embargo, bajo este indiscutible objetivo democratizador se deja ver, también de manera nítida, el mercantilismo instalado en la res pública europea: términos como “customisation”, “customers”, “demands”, “access”, “consortia”, “success”, demuestran esto, incluso más abiertamente: “market competition”, “exploitation” y “business plan” como conceptos reclamados en los proyectos que los omiten. Destaca la crítica supuestamente popular del informe hacia algunos proyectos rechazados en los que “cultural heritage was often more academically defined than strongly geared towards a wide customers base”. 

Y termino con otra abominable recomendación del informe y del espíritu de la evaluación: “public sector needs to consider their users as consumers of cultural heritage who are not passive recipients of information but active creators of heritage markets”. Una antología del disparate europeo, presente en este informe de encargo que instruye a los evaluadores independientes convocados por la UE, y que se atreve a contraponer la alta cultura (se cita la música clásica como ejemplo de esta “high culture”) a la cultura popular sin ningún complejo buscando vías paternalistas e “ilustradas” de inoculación de “esa alta cultura” entre los que al parecer la necesitan, y propone a evaluadores y solicitantes de subvención que “aprendan la lección” del éxito de las “infotainment industries” (un híbrido de información y entretenimiento: “infotenimiento”). 

Naturalmente, los indicadores de calidad, competencia o innovación no son neutros: en este caso responden a una inspiración neoliberal de la política científica comunitaria que no comparto. Estas cuestiones fueron decisivas en mi actitud crítica sobre el espíritu de una evaluación tecnologista y mercantilista y la base de mi retirada, como evaluador, de los Programas Marco de la UE en tanto se mantengan tales criterios” (García Gutiérrez, 2003). La reflexión fue escrita a finales del año dos mil. Lo que deja de manifiesto es que no sería suficiente modificar el lenguaje o las categorías sino sustituir radicalmente los intereses que inspiraban, y lo continúan haciendo, nuestra política de la memoria. En efecto, el modelo de tecnologías constructivas parece privilegiar a un usuario imprescindible para la supervivencia de la memoria como empresa mercantil. Insiste, como casi cada enunciado derivado del uso oficial de lo europeo, en un neocolonial y corporativista “nosotros” (los ingenieros, los técnicos, los expertos, los nacionales, la clase media, lo propio) y un “ellos” (forasteros y outsiders, legos y usuarios) que contradice la esencia plural de lo europeo.

Tan generosa tecnología del marketing de la memoria, siendo vanguardista en sí misma respecto a los criterios neoconservadores generalizados en su economía política, debiera ser desbancada por una ingeniería del lazo social que haga evolucionar lo molar del territorio jerarquista en espacios transversales de comunicación y saber que acaben con ese destructor binarismo del nosotros y ellos, posibilitando otros tipos de subjetividad pues, debemos preguntarnos con Pierre Lévy, “en qué condiciones se puede justificadamente decir (o significar) “nosotros”? y qué puede ese “nosotros” enunciar legítimamente como colectivo, sin usurpación o reducción de la variedad?, qué se pierde al decir “nosotros”? (Lévy, 2000: 137, 66). Entre las aspiraciones de principios y directivas europeas, cada vez más distantes de las necesidades de la “memoria real”(15) y las propuestas y promesas de investigación de facto que el entramado tecno-científico-empresarial europeo somete a la Comisión, existe un puente de paso sobre una tan ingobernable como escasamente observada corriente habitada por los flujos y precipitaciones de las memorias y culturas vivas.

Son éstas, precisamente, el supuesto objetivo de unas políticas y proyectos que, incomprensiblemente, las vadean. Tal desconexión con la realidad y con lo cotidiano, desde luego, no es exclusivo de Europa ni de la política mnemográfica. Responde a una vieja tradición que basa, en la unilateralidad y en el dogmatismo, toda percepción del entorno, de “ellos”. Cuando se trata del territorio de la memoria, el “ellos” adquiere una visión paradójica adicional.

Pues son “ellos” nuestros antecesores ignorados salvo como tópicos, cuyos legados se pretenden conservar, cerrando los ojos ante el inexorable proceso de traducción contemporanista, una sustitución y prelación sin contemplaciones de la organización del pasado, a la vez que se les priva de voz propia al haberles impedido el escaso “desarrollo” tecnológico de épocas anteriores(16) la posibilidad de autoorganizar sus vivencias. Así, la “diferencia” se esparce tanto entre territorios como en temporalidades bajo la shoah digital. La política conservadora de la conservación no repara en el hecho de que conservador no es quien no cambia sino quien manifiesta, inútilmente, un deseo de inmovilidad.

Y bajo esa ilusión dañina se proporcionan unos esquemas de ordenación esclerotizados, insuficientes, involucionistas tolerados –al no ser proclamado lo contrario o sancionada la falta de innovación en el terreno organizativo- y hasta propiciado por el rechazable sueño europeo de una memoria inmortal, superior, poderosa, sentida, compartida, autorreguladora, homeostática. El discurso tecnicista, que representa al más rancio neoconservadurismo científico—social derivado de la política neoliberal europea, ha pasado de auspiciar la recreación social en las virtudes de héroes, glorias y ancestros mediante el llamamiento a conmemoraciones y rituales, a obsesionarnos en la imaginación de un sucesor que será más feliz exclusivamente gracias a una política tecnológica del pasado, diseñada ahora, y que ignora tanto las voces de aquellos antecesores como pretende amordazar las de quienes nos releven. 

La instauración de una asepsia en la construcción de la tecnomemoria mediante la ausencia de criterios y calificaciones específicas en manos de los evaluadores dirigidos a premiar las innovaciones en materia de organización de colecciones y fondos es tan nocivo como implantar un modelo único organizativo de las memorias en los países miembros. De una parte, mediante el silenciamiento de esa faceta vital de la memoria, sus modos y lógicas indomables de agrupamiento e interacción –la exomemorización, en suma- se potencia la sensación de que estamos ante un espacio de escaso interés estratégico para el poder europeo, pero se trata de todo lo contrario.

De otra, se consolidan los viejos esquemas positivistas de organización del conocimiento, thesauri, clasificaciones enciclopédicas o especializadas con espíritu enciclopédico o, lo que es más peligroso, se da vía libre y subsidios a rastreadores, buscadores y megaíndices –los nuevos encomenderos de la memoria digital- como legítimos restauradores del orden en la red, como tecno-innovadores natos desvinculados del verdadero humus comunitarista, garantizando la libertad de memoria mediante la escasa regulación de la simple disposición alfabética o los operadores “apolíticos” trasladados a la búsqueda de información desde el álgebra de Boole.

De ese modo, y dando cumplimiento al objetivo librecambista, cual es la sólida adhesión de ciudadanos consumidores convencidos y diseminadores de tal convicción, el diseño estratégico de la tecnología europea de la memoria y la obsesión de la mayoría de los gobiernos estatales y regionales cae en la trivial contradicción de aparecer más como refuerzo identitario de una determinada clase social dominante, derivado de la posesión compulsiva de equipamiento digital familiar, antes que colmar unas necesidades de consumo en materia de memoria.

Otro “daño colateral” provocado por la deliberada neurosis tecnológica es, evidentemente, la vitoreada superación de las “viejas prácticas” orales, manuales, comunitarias, presenciales o la ausencia de estudios sobre el “impacto ecológico”, y no sólo económico, de la subrogación de las mismas. Así, la memoria se objetualiza definitivamente pues la memorización, como proceso o como camino vivos, es desdeñada por la investigación oficial, apartándola de las prioridades programadas, al no reconocer el valor esencial de lo pretérito en una sociedad de la información lanzada al futuro.

La ausencia alarmante de criterios obligatorios que reconozcan o penalicen en las investigaciones subsidiables estudios de impacto de la exomemoria digital en las tradiciones como, consecuentemente, de programas de rehabilitación para la coexistencia y mestizaje de viejas y nuevas experiencias, contrasta insultantemente con la brillantez de estos indicadores en otros programas lógicamente obedientes a una sensibilidad ciudadana afortunadamente ya implacable en asuntos naturales pero poco armada en temas culturales. 

No podemos permitir, como parecen pretender sus promotores, que la digitalización produzca la absorción de los demás espacios antropológicos. Por ello, es necesario superar las insuficiencias del modelo holandés con aplicaciones y modelos que recojan una erótica y una práctica de las necesidades cotidianas, solares, moleculares en materia de memoria y cultura, esto es, mediante el apoyo institucional a proyectos que ejecuten programas de instrucción social tendentes a la capacitación del ciudadano en la autogestión personal (antiindividualista) y comunitaria (anticorporativista), en una techné orientada a la autoanimación y participación de la ciudadanía en los asuntos de la exomemoria personal y colectiva.

Para este objetivo, la nueva tecnología de hace diez años, o tal vez más, fue tan capaz como desaprovechada.(17) La escasa imaginación dirigida hacia la innovación en organización, tal vez a causa de un temor justificado a los efectos de una concienciación insurgente e indomable, del miedo a un cuestionamiento externo que no quiere la Academia ni la Política, se ha visto soterrado por el fragor entusiástico de una desbordada producción de aparatos digitales, elaborados inmisericordemente con premeditada obsolescencia, dictada desde las arbitrarias expectativas de la Bolsa.

Tal atmósfera orgiástica y efímera subyace en la planificación de unas políticas científicas de la memoria social que debiera fundar los cimientos en sus antípodas. Y sin, embargo, desde los principios inspiradores hasta la terminología de las recomendaciones se explayan en el territorio del mercado pasajero. Un mundo inconmensurable respecto a la cultura y la memoria.



V. Recuperación compleja de la memoria

Se dice que sin memoria europea, Europa no puede tener identidad. Pero el problema estriba en que la memoria no acepta gentilicios y vale más construir otras alianzas y desarrollar la razón sensible que forzar y aplicar el proteccionismo mercantil a instancias ingobernables y expresiones vivas. Y, desde luego, es tan absurdo oponerse a los ensamblajes inter- y transcomunitarios de cualquier nivel y escala como obcecarse en la exclusividad y apertura hacia unos a la vez que en la cerrazón y negación de otros. De hecho, las memorias y culturas interaccionan desordenadamente, y se modifican, a la vista de la vigilancia pro-rectora de sus diseñadores.

Una configuración dada de memorias jerárquicas y transversales, trascendentales e inmanentes, paradigmáticas y sintagmáticas, oficiales y cotidianas, burocráticas y eróticas, podría denominarse memoria europea, pero tal orden debería abanderar, como propiedad básica, la apertura permanente a nuevas reconfiguraciones complejas abiertas cardinalmente. En tal caso, la tecnología europea de la memoria debe diseñarse para derribar fronteras, incluidas las terrestres y comunitarias, exteriores e interiores, de clase y laborales, de jóvenes y viejos, para recuperar un espacio europeo que se constituyó y lo sigue haciendo, a pesar de las barreras pero con más sufrimiento, de emplazamientos y desplazamientos, de asentamientos y fugas siempre necesarios, nunca insensatos, para la supervivencia de la cultura y de la memoria.

Esa tecnología urdida en la competitividad, pero desde una incompetencia miope respecto a su propio futuro, por la industria mercantil, debe reorientar su estrategia hacia otros horizontes en los que la abrupta seguridad conceptual de Europa se diluya en el reconocimiento de la ignorancia propia o, incluso, en la aniquilación misma de tal concepto discriminador. Pues como dice Lévy, “nadie es ignorante ya que toda vida implica y construye necesariamente el conocimiento de un mundo.

El juicio de ignorancia proviene del hecho de definir el conocimiento de manera trascendente. El saber provendría de Dios, de la Revelación, de la Iglesia, del Partido, de la Secta, de la Universidad, de la Escuela, de la Ciencia, del Método, de los Especialistas, de los Antiguos, del Jefe, de las Escrituras, de la TV, de cualquier instancia o procedimiento infalible. El conocimiento existiría como algo en sí, como hecho autónomo y no como creación permanente, proceso de exploración, devenir colectivo, ideas de millones de cuerpos vivos, expresión de la diversidad de la vida y de los mundos.

Toda definición trascendente del saber excluye forzosamente a los que no se le someten, o cuyas formas de inteligencia no le corresponden. Por el contrario, un abordaje inmanente del saber, un saber reconocido, presente en todo lugar donde crece la vida humana, no excluye a nadie” (Lévy, 2000: 91). Al catálogo de autoridades que expone Lévy habría que añadir la Sociedad de la Información, otra entidad trascendente y totémica supuestamente depositaria de la sapientia y sin cuya existencia parece ser que no es posible otra idea y otra memoria de Europa.

Me gusta reflexionar afectuosamente sobre la imagen utópica de Europa pero, sin duda, no es ésta la imagen que correspondería con la política real de su memoria. Rechazo la idea de una Europa construida contra todo exterior agresor inventado y sobre la base de creencias en tecnologías que apoyan, incluso, la discriminación y la exclusión intramuros. El desmantelamiento de fronteras es una falacia y Schengen ha sido compensado con el reforzamiento de alambradas antiafricanas.

La misma lógica de la compensación funciona en todas las acciones que propulsa un neoliberalismo siempre resistente, incluso aquél que baila con seductora máscara ante una memoria que quiere poseer y envasar. Por ello, no habrá más remedio que subvertir las tendencias dominantes con o sin subsidios institucionales, con o sin apoyo oficial. Y la ocasión ya existe: la investigación alternativa debe aplicarse a construir y divulgar herramientas críticas que contribuyan a devolver diversidad ocupando las tecnologías unificantes. Se impone recuperar el sosiego y, como afirma Maffesoli, precisamente en estos tiempos de urgencia debemos elaborar estrategias de lentitud. Presentar y ya no representar, mostrar antes que demostrar.

Pues aunque, a pesar de lo que se diga, la historia nunca pone la mayoría de las cosas en su sitio, Nietzsche solía consolarse diciendo que las verdaderas revoluciones siempre caminan a paso de paloma…

Antonio García Gutiérrez, AGG (1955), profesor titular de la Universidad Complutense de madrid hasta 1993 y desde 1994 Catedrático de la Universidad de Sevilla. Ha sido director del Departamento de Comunicación audiovisual y Publicidad, Literatura y Estética y en la actualidad lo es del Departamento de Periodismo I de la Universidad de Sevilla. Tiene varios libros sobre organización del conocimiento y políticas de la memoria dentro del área, ya consolidadad en el programa de investigación del Departamento, denominada "estudios de exomemoria" los más recientes: "La memoria subrogada: mediación, cultura y conciencia en la red digital", publicado por la Universidad de Granada en 2002 y "Otra memoria es posible: estrategias descolonizadoras del archivo mundial" publicado por La Crujía en Buenos Aires en 2004. Ha sido durante varios años consultor de organismos internacionales como OMT/WTO y Unesco.



Notas


[1] Escribe Donne: “I cannot say I loved, for who can say He was killed yesterday? (No puedo decir que amé puesto que ¿quién puede decir que le mataron ayer?). Sobre tal incongruencia pragmática y la presencia de la contradicción en la racionalidad, vid Elster, 1989: 263 y ss. y Granger (2002) Voltar


[2] Sobre el sentido que aplico al vínculo comunitario vid el concepto de antropológica en Sodré (2002). Voltar

 

[3] Se dice que la más tradicional pasta italiana de la actualidad es la preparada en el barrio de Bixiga de São Paulo, por los nietos de la gran emigración. Voltar


[4] En efecto, presté mis servicios como evaluador ante la Unión europea en la acción clave “Sociedad de la Información”, área de Patrimonio cultural y colecciones digitales, en convocatorias del V Programa Marco (1999-2002). La crítica constructiva introducida en el presente texto se refiere, por tanto, a situaciones y directivas habilitadas en tal periodo, si bien los cambios habidos en el VI Programa, vigente en 2003, son irrelevantes en relación a los elementos de fondo cuestionados. El lector sabrá disculpar la ausencia de nombres de proyectos, personas e instituciones concretas en virtud de la confidencialidad a la que se compromete todo evaluador durante y tras el proceso evaluador. Voltar

[5] Y esas cantidades pueden sumar 2, 3 ó 4 millones de euros lo que evidencia el rango de solvencia exigida solicitada a los consorcios académicos, a quienes no solo se les recomienda aliarse con empresas privadas como demostración de estar en el mundo real sino que, como se ve, se les obliga a buscar alianzas con las empresas más poderosas para hacer frente a ese cincuenta por ciento de responsabilidad. Esto sucede a partir del V Programa Marco,  pues en palabras de un coordinador de proyectos en un briefing de bienvenida a los evaluadores,  fue un error de los cuatro programas anteriores otorgar mayores subvenciones a los consorcios y “practicar el babysitting” en investigación y desarrollo. Voltar


[6] La irracionalidad, no obstante, ocupa un universo mucho más amplio que el mero estudio que abarca la contradicción, asociada en la teoría de la racionalidad imperfecta de Elster (1989) al comportamiento irracional. En ese sentido realizamos también la subordinación en este texto. Voltar


[7] Y que, por cierto, demuestran la fragmentación real constituyente de Europa –hasta en la inquebrantable superficie- frente al proyecto imaginario de una Europa negativa construida “contra” su entorno. Voltar


[8] Elster (1989), por ejemplo,  examina diversas formas de contradicción como “no querer recordar”. Voltar


[9] La denominación de paraconsistencia se debe, al parecer, al lógico peruano F. Miro Quesada según asevera Granger (2002: 146, 148). También el lógico australiano Graham Priest aborda estas cuestiones en la llamada dialethic logics. Un análisis de las estructuras sintáctico-semánticas de la paraconsistencia en Granger (2002). Voltar


[10] Como posible brecha que indique espiral, y no círculo, señalaré que sobre el compromiso contractual con el gobierno europeo prevalecería el compromiso propio con un ideal civilizatorio transcultural. Voltar


[11] Habitualmente se asigna a varios evaluadores una misma propuesta para, una vez calificada en complejos formularios, pasar a un “consensus meeting” en el que se intenta llegar a una nota media y razonada sobre cada proyecto. Voltar


[12] Este es el telón de fondo del asunto que trato ampliamente en “La memoria subrogada” (2002) y late tras la propuesta de una epistemografía interactiva. Voltar


[13] Incluso se dio el caso de detectar la presencia de grandes multinacionales norteamericanas, europeizadas a través de filiales que servían al mismo promotor, en consorcios que solicitaban la ayuda pública para, supuestamente, hacer competencia a sus casa matrices. Voltar


[14] Pues “existen cada vez menos argumentos técnicos para perpetuar el despotismo fragmentado que constituye la delegación” afirma Pierre Lévy (2000: 76) en una referencia a la representación democrática cien por cien válida en el ámbito de la  memoria delegada o cedida. Voltar


[15] Esto es, una memoria llena de vitalidad ya sea en la construcción biológica (biomemoria) como física (exomemoria) de recuerdos pues en ambas dimensiones complementarias, inseparables, se producen procesos resemantizadores y de actualización.  No hay memoria sino en curso. Voltar


[16] De idéntico modo que la actual y desarrollada “tecno-lógica” nos niega exactamente, y con premeditación, la misma posibilidad. Repárese, también, en el relativismo del concepto de desarrollo. Voltar


[17] Y nunca un hogar ha agotado las posibilidades de su ordenador personal antes de adquirir el siguiente: es la propia industria informática la que establece los calendarios de extenuación de procesadores y ram con el fin de colocar nuevas remesas. Pero esto no ocurre por desgaste de los materiales sino a causa de una estrategia gigantista aplicada al software que condena en poco tiempo a Liliput al más soberbio ordenador. Con otra política de sistemas operativos, aplicaciones y una “cultura del alambre” (Ford, 1994: 81) para los pc, el célebre XT hubiera durado más tiempo en los hogares que el viejo frigorífico. Voltar




Referências Bibliográficas

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-- Sodré, Muniz (2002): Antropológica do espelho. Uma teoría da comunicação linear e em rede. – Petrópolis (RJ): Vozes.


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